Mas alla de la duda

Título en castellano Mas alla de la duda
Titulo original Beyond a reasonable doubt
Año de filmación 1956
Duración 80 minutos
Pais Estados Unidos
Director Fritz Lang
Guion Douglas Morrow (Historia: Douglas Morrow)
Música Herschel Burke Gilbert
Dirección de fotografia William E. Snyder (B&W)
Reparto
Productora RKO Radio Pictures
Sinopsis Un escritor intenta demostrar la deficiencia de las leyes y la ineficacia de la policía, colocando falsas pruebas contra sí mismo en un caso de asesinato. 
Premios  
Subgénero/Temática
Crimen, Sistema judicial

tomado de filmaffinity

Última película del ciclo americano de Fritz Lang (Viena, 1890 – L.A., 1976). El guión de Douglas Marrow desarrolla un argumento original creado por el mismo. Se rueda en platós de RKO Studios (Hollywood), con un presupuesto de serie B. Producido por el productor independiente Bert E. Friedlob para RKO, se estrena el 5-IX-1956 (EEUU).

La acción dramática tiene lugar a lo largo de un tiempo dilatado en una ciudad americana media, capital de un Estado de la Unión. El prometedor novelista Tom Garret (Andrews) y Austin Spencer (Blackmer), director de un diario local influyente, proyectan una mascarada que ha de permitir poner al descubierto los errores de la policía y del sistema judicial al objeto de mostrar la improcedencia de la pena de muerte. Garrett tiene relaciones sentimentales con Susan Spencer (Fontaine), hija de Austin. Éste es un hombre de prestigio, talante liberal y enemigo de la pena capital. Tom, que acaba de publicar con éxito su primera novela, es educado, correcto y flemático. Susan es elegante, sofisticada y quiere casarse cuanto antes.

El film suma crimen, cine negro, drama y thriller. Cuenta con el equipo básico de producción de “Mientras Nueva York duerme” (1956), constituye la segunda colaboración de Lang con el productor independiente Bert E. Friedlob y es una de las últimas películas de la RKO, abocada a la quiebra, que es adquirida (1957) por Lucille Ball y Desi Arnaz (Desilu). Los estudios son vendidos 10 años más tarde a la Paramount.

El tema de portada del film es la pena de muerte, una de las cuestiones de preocupación constante de Lang, tratada por él en diversas ocasiones anteriores. Como tema complementario aborda la problemática de las limitaciones y errores del sistema judicial, con especial referencia a los que se relacionan con condenas a muerte. Añade una detallada reflexión antropológica, filosófica y metafísica sobre la debilidad y escasa consistencia de los fundamentos en los que se suele asentar la defensa de la pena capital. Como temas adicionales analiza las figuras del falso culpable, los sentimientos y conciencia de culpabilidad y la caprichosa, inabordable y avasalladora fuerza del destino y la fatalidad. Se ocupa, por último, de un tema más general y desolador, íntimamente ligado a sus obsesiones de siempre: la exploración de la naturaleza de la condición humana, la presencia natural e inevitable de la maldad en el interior del alma humana, la imposibilidad de disociación del ser humano y la pulsación del egoísmo, la hipocresía, la ambición, la envidia, el odio, la insolidaridad, la sed de venganza, la crueldad, la mezquindad y la frialdad respecto de los sentimientos y situaciones de los demás.


Última película americana de Fritz Lang y una de las más controvertidas de esa larga etapa: para unos, una de sus obras cumbre; para otros, un título muy lejano a sus otras películas negras. 
Un escritor trata de demostrar la falibilidad de los tribunales de justicia y la crueldad de la pena de muerte simulando ser culpable de un asesinato que no ha cometido; tras su condena, se encargará de demostrar su inocencia. Con esta interesante trama de Douglas Morrow puede Lang integrar en la misma sus temas recurrentes: la pena de muerte, la posibilidad de arrogarse el ajusticiamiento del prójimo, el peligro de la demagogia, la conciencia del criminal. 
Y lo hace a su manera, siendo una película en la que su dirección es perfectamente reconocible: Con una puesta en escena desnuda falsamente funcional y que le procura una mayor abstracción, la narración camina implacablemente hacia su desenlace sin mirar hacia los lados. Todo al servicio del guión y nada más en el plano que lo mínimo indispensable. Esa frialdad se acentúa con la elección de un actor tan hermético como Dana Andrews, (con el que repetiría ese mismo año en “ Mientras Nueva York duerme”).
¿Qué es lo que la hace tan discutible? Que – sin desvelar nada de la misma- toda la intriga se va destapando a base de sorpresas, alguna previsible, otra simplemente un vuelco de guión inesperado ante el que el espectador se encuentra desarmado. Esto es, si Hitchcock pone a nuestra disposición todos los secretos de la historia para que acompañemos a la misma, aquí se nos sustraen deliberadamente algunos de ellos para conseguir el sobresalto del espectador. 
Queda reducida a una simple película de suspense. Entretenida, elegante, pero no va mucho más allá.
Por otra parte, la presunta frialdad de Lang se demostró conciliable con una violencia emocional en sus mejores obras (“Furia”, “Perversidad”, “Los sobornados”, “La mujer del cuadro”). Con el vacío y el silencio de su imagen que buscaba con afán paradójicamente conseguía una resonancia mucho mayor que dolía profundamente al espectador, como lo demuestra el que algunos pasajes de ellas queden fácilmente recogidas por la memoria. 
En “Más allá de la duda” esa sequedad afecta también a la historia, no logrando conmovernos
en ningun momento; de hecho el personaje protagonista apenas nos deja una sugerencia, sino tan solo las de la aventura en que se envuelto. Lo dicho, una película que logra ser intrigante, pero no alcanza la grandeza de otras como las citadas.


tomado de espinof

‘Más allá de la duda’ (‘Beyond a reasonable doubt’) es la adaptación que hace Peter Hyams de la película homónima de 1956, dirigida por Fritz Lang. Este remake, que se etrena mañana, día 10 de julio, está protagonizado por Michael Douglas, Jesse Metcalfe (‘Mujeres desesperadas’) y Ambert Tamblyn (‘The Unusuals’).

En ‘Más allá de la duda’, un joven periodista quiere abandonar sus reportajes de baja estofa dando un pelotazo con una gran noticia: el fiscal del distrito, candidato a gobernador, introduce pruebas falsas en los casos para permanecer imbatido. Como el periodista no puede demostrar nada, urdirá un complicadísimo plan para que lo incriminen sin pruebas y así demostrar que el fiscal estaba jugando sucio.

Siempre cuestionamos que se repitan películas que no necesitaban un rerrodaje. Pero en este caso, preguntárnoslo todavía tiene más sentido, ya que Hyams llega a un resultado muy pobre precisamente por ser hereditario de una historia de suspense que en su momento sería sorprendente, pero que hoy en día no cuela. En este más de medio siglo, los espectadores nos hemos vuelto muy sabihondos con respecto a algunos aspectos policiales y, por ello, ni los giros que aparecen en esta película impactan, ni los pequeños errores o cabos sueltos del guión se perdonan. 

El cine negro de los años cincuenta tenía una fotografía maravillosa y una atmósfera que te hacía penetrar en la historia. Fritz Lang, en particular, era un maestro en estos aspectos. Hyams, por el contrario, rueda una película fea, de planos poco favorecidos y con una ambientación tan deslucida que parece que representase los años ochenta. Si vamos a perder estos atributos, sin ganar a cambio nada en actualidad, el remake no sólo es una forma fácil de explotar un producto, sino, además una mala decisión a todas luces.

El ritmo del film no compensa los puntos negativos mencionados, ya que ‘Más allá de la duda’ incluye muchas escenas donde la trama y la acción parecen detenerse y que, a simple vista, daría la impresión de que sobran.

Ninguno de los dos actores protagonistas, Metcalfe Tamblyn, destaca por su gran labor interpretativa. No se puede decir que estén mal, porque su trabajo resulta solvente, pero no aportan ninguna personalidad especial a sus personajes. Michael Douglas tiene un papel muy corto con apenas algún momento de lucimiento y, si bien es el más famoso del reparto y el que podría hacer que muchos espectadores se animasen a ver la película, tampoco es que se trate de un grandísimo intérprete. Su personaje en ‘Más allá de la duda’ lo podría haber encarnado cualquier otro actor de su edad, con un resultado similar. Joel David Moore, en el papel del amigo del protagonista –siento haber escrito esas palabras pues, para quien haya visto unas cuantas películas, suponen un spoiler sobre el destino de este personaje—, puede ser el que más gracia y autenticidad tenga, como ocurre muchas veces con los secundarios.

Al menos hay un aspecto donde se puede apreciar una actualización del guión. El personaje femenino ya no es únicamente la prometida del protagonista e hija del antagonista. Ella es una abogada que trabaja en la oficina del fiscal y desempeñará un papel importante en la investigación.

Tras una crítica tan devastadora parece que no correspondiese darle dos estrellas, pero el caso es que ‘Más allá de la duda’ se puede ver sin mayor problema, entretiene lo justo y puede acabar sorprendiendo. Es claramente inferior a muchos capítulos televisivos de series policiacas y estaría mejor como directo a DVD que como estreno en salas, pero no se merece un despelleje absoluto.


tomado de espinof

'Más allá de la duda', Fritz Lang y la justicia

Hace una semanas se estrenaba en nuestro país sin hacer demasiado ruido ‘Más allá de la duda’, film realizado por el artesano, en otros tiempos estimable, Peter Hyams. Se trata de un remake de una película de Fritz Lang, sobre un acusado de asesinato con final sorpresa. No la he visto, ni creo que lo haga, ¿para qué si ya tenemos la versión de Lang? Y es que cuando una cosa está bien hecha, no es necesario volver a hacerla. Dudo mucho que Hyams haya aportado algo de interés a una trama cuya mayor fuerza residía en cuestionar el poder y el valor de la justicia.

Hablar de Fritz Lang es hacerlo sobre uno de los mejores directores de todos los tiempos. Uno de esos autores cuyas películas siguen hoy tan frescas como el primer día, a pesar de que el paso del tiempo suele acabar con todo. Su carrera se diferencia claramente en dos etapas, la muda y la sonora. En la primera, enteramente realizada en Alemania podemos encontrarnos con joyas del calibre de ‘Metrópolis’ (1927) o ‘Las tres luces’ (‘Der müde Tod, 1921), y en la sonora, casi en su totalidad americana, hayamos ‘Furia’ (‘Fury’, 1936), ‘Sólo se vive una vez’ (‘You Only Live Once’, 1937) o ‘Perversidad’ (‘Scarlett Street’, 1945), por citar sólo unas pocas. ‘Más allá de la duda’ (‘Beyond a Reasonable Doubt’, 1956) es la última película de su período americano antes de regresar a Alemania donde siguió haciendo cine.

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La película narra la historia de dos hombres que planean derribar el sistema judicial, siempre lleno de fallos imperdonables. Para ello elegirán un reciente caso de asesinato, haciendo que uno de los dos aparezca como principal sospechoso al conducir todas las pruebas a él. Cuando se dicte sentencia (muy probablemente culpable), se presentarán las pruebas que demuestran su inocencia para que salga libre y de paso burlarse de un sistema que se cree perfecto. Una llamada a la conciencia pública sobre un modo de justicia que es capaz de encarcelar y condenar a muerte a un ciudadano inocente. A lo largo de la historia ha habido casos de hombre inocentes condenados, pero Lang va mucho más allá, le da la vuelta a la tortilla, proponiendo a través del excelente guión de Douglas Morrow, algo mucho más terrible.

En todo momento, Lang pone al espectador de su lado, haciéndole sabedor de todos los movimientos de los protagonistas, deseando que llegue el momento de demostrar que la justicia se equivoca con frecuencia, y hasta queremos llegar a ser partícipes del plan, pues todo está perfectamente cubierto y nada puede salir mal. Pero una pirueta final, inteligentemente insertada y nada forzada, logra que Lang pegue un puñetazo al espectador que hasta ese momento se lo tomaba todo como un juego. Dicho giro no sólo refuerza la idea de que cualquiera con un mínimo de pruebas es susceptible de ser encañonado por el peso de la ley, sino que además, cualquier culpable de un horrendo crimen puede salirse con la suya. Y es ahí donde Lang presenta absolutamente todas sus cartas. El destino de un hombre en manos de la ley tiene que ser algo más que un trozo de papel firmado, hay muchas más cosas que la culpabilidad o la inocencia, no todo es blanco o negro, es la amplia gama de grises en la que la justicia tiene que mirar con lupa, y no tomarse nada a la ligera. Lang consigue todo esto con un sólo plano: el del indulto. Un papel que representa la libertad, una libertad que un hombre ha intentado forjarse a base de mentiras, de trucos y dobles sentidos, los mismos que utiliza la ley para hacerse cumplir.

‘Más allá de la duda’ (sin duda un excelente título) es una muestra más del poderío narrativo de Fritz Lang, y de cómo éste se tomaba las historias que narraba con pasión, pero sobre todo navega alrededor del tema más presente en la filmografía del genial director: la justicia. Y es que desde sus cintas de cine mudo (donde ese tema se nota con menos presencia), hasta el presente film, pasando cómo no, por ‘M’, ‘El hombre atrapado’ (‘Man Hunt’, 1941) o los films citados anteriormente, Lang parecía obsesionado con este tema, remarcando además un elemento que se hace aún mayor en la etapa final de su filmografía americana: la mezquindad humana. Los personajes de ‘Más allá de la duda’ están acabados, y no hay nada en la mirada del director que haga pensar que todavía tiene fe en el hombre como en algunas de sus primeras películas. No hay duda de que el personaje central es el más mezquino de todos, pero los secundarios no se salvan de la quema, ninguno. Su importante amigo está cegado por dejar en ridículo a la justicia, su prometida (Joan Fontaine en su línea) tiene que hacer lo contrario a lo que su corazón le dicta, el amigo de ésta se aprovecha de ella, el juez es una marioneta al servicio de una ley difícil de administrar, y así podríamos seguir con los demás. El hombre es un ser imperfecto que ha creado la ley, cuya imperfección es retratada a través de la mezquindad del ser humano.

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‘Más allá de la duda’ es una magnífica película, pero hay algo que le impide ser una obra maestra (término que podría utilizarse varias veces en la filmografía de Fritz Lang): Dana Andrews. Actor bastante limitado, tuvo la suerte de ser dirigido por excelentes directores que supieron aprovechar como pocos su inexpresividad. Pero esta vez Lang es incapaz de lograr que Andrews esté a la altura de lo que narra, y es que su personaje, que es el que lleva todo el peso de la función, es demasiado poderoso para ser interpretado de una forma tan plana y poco intensa, sobre todo teniendo en cuenta que el cine de Lang es intenso hasta la médula.

Lo que sí es una pena es que esta película no esté editada en DVD en nuestro país, y no parece que vaya a estarlo en un futuro próximo. Eso sí, el remake de Hyams adornará muchas de las estanterías de los videoclubs o grandes tiendas de origen francés (e inglés) para que el pobre consumidor se haga con ella sin saber que existe esta joya. Recomendación para las futura edición del film moderno (en caso de nadie tenga el valor de editar el film de 1956): un segundo disco con la versión de Lang, ya veréis como vendéis más.


¿Falso culpable? 

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En 1953 el matrimonio Rosenberg, Ethen y Julian, son condenados a morir en la silla eléctrica, por facilitar información crucial para el desarrollo de la carrera atómica de la URSS, con unas pruebas muy endebles. Este proceso judicial, rodeado de polémica, se convirtió en la primera sentencia a muerte para civiles por espionaje.

En 1955 es condenada a muerte Barbara Graham por asesinato, su caso alcanzará gran repercusión mediática y su historia será llevada al cine en 1958 en ¡Quiero vivir , la película dirigida por Robert Wise y protagonizada por Susan Hayward.

En 1954, Reginald Rose escribió un texto para la televisión sobre la deliberación de un jurado en torno a un caso de asesinato, 12 hombres sin piedad (Twelve angry men), posteriormente lo convirtió en una obra de teatro y en 1957 alcanzaría su máxima difusión a través de la adaptación que Sidney Lumet realizaría para la pantalla grande.

Son ejemplos relevantes que trasladan al mundo de la televisión, el teatro o el cine, el debate que late en la sociedad americana respecto a la aplicación de la pena de muerte por las dudas que suscita el concepto de culpabilidad.

Por otra parte, el tema de la frágil diferencia que separa la culpabilidad de la inocencia y el linchamiento que la sociedad puede ejercer sobre un acusado ya era un argumento al que Fritz Lang se había acercado en su primera película americana, Furia (Fury, 1936). Si en este filme, rodado en 1936, se abría un debate en relación con los fallos del sistema judicial, parece que en su última de la filmografía estadounidense, Lang vuelve a incidir en la vulnerabilidad de la justicia que se acrecienta en el caso de la aplicación de la pena capital, cerrando un círculo en su filmografía norteamericana.

Es por ello que Lang se involucró en esta producción de la RKO en lo que sería su último trabajo en los EE.UU. (junto con Mientras Nueva York duerme).

El trazo de Hitchcock

Al principio de Más allá de la duda tenemos una escena en la cual se define el planteamiento del filme. En torno a una mesa de un restaurante se congregan el director del periódico, un periodista que trabaja para él y el fiscal de la ciudad. El espectador todavía es ajeno al futuro de la trama y el devenir de los personajes.

Los tres personajes hablan sobre un reciente juicio que se ha celebrado y por debajo de esta conversación, en principio trivial, el juego con la cámara denota que estamos en el momento clave en el que se está gestando la confabulación en la que se basa toda la narración. Los personajes discuten sobre la culpabilidad del acusado que acaba de ser ajusticiado, el fiscal defiende la certeza de dictado del jurado sobre la culpabilidad del reo y el editor duda sobre el veredicto.

El modelo es idéntico al que Hitchcock emplea en numerosas ocasiones en sus películas: un diálogo que esconde por debajo el verdadero contenido que sólo es revelado a través de la planificación de la escena.

Aquí Lang, con el movimiento de la cámara y el juego con los personajes bosqueja el desarrollo del filme: el editor que, asentado en el pedestal que le otorga el cuarto poder, enfrenta al escritor Tom Garrett (Dana Andrews), y futuro yerno, con el fiscal mediante una posición física que los sitúa uno enfrente del otro y donde la cámara va encuadrando los personajes por parejas (editor-fiscal, editor-escritor). Cuando el fiscal abandona la escena se incorpora inmediatamente la protagonista femenina, Susan (Joan Fontaine), hija del editor y novia del escritor, un personaje que será clave en la trama y al que Garrett tendrá, en cierto modo, que oponerse también. Jugando con un escenario, la mesa del café, se han planteado en muy pocos minutos todas las fuerzas y la posición que los personajes ocupan en la trama.

Junto a la intriga narrativa, durante la primera parte del filme el personaje femenino principal también parece inspirarse en las mujeres que Hitchcock definía en sus filmes, pues Susan nos es presentada como una mujer independiente, con dinero y que ejerce sus peticiones sobre el protagonista con insinuaciones y propuestas. El escritor se muestra esquivo, un tanto abrumado, por las peticiones de su novia que, debido a su posición social, se muestra en un plano igual o superior a su oponente masculino.

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La sombra de una duda

Tras este inicio en que nos son presentados los personajes y se define la estrategia que van a seguir el editor y el novelista para demostrar la endeblez del sistema judicial, mediante una falsa incriminación del escritor en un caso de asesinato, el peso de la realización va disminuyendo en aras de documentar el relato en el cual el editor y el  novelista tejen la crónica de las pistas falsas para que la policía atrape al escritor, le encarcele y proceda a enjuiciarlo. A partir de ahí las coincidencias con el estilo de Hitchcock se diluyen y gana fuerza la pura mecánica del guión.

De esta forma la tesis de la película va cobrando forma para demostrar que la frontera entre la inocencia y la culpabilidad es muy delgada. La laboriosa elaboración de las pistas falsas, que el espectador conoce de antemano, se refrenda en el juicio y en la decisión final del jurado. Teniendo en cuenta que la sentencia es una condena a muerte, el guión de Douglas Morrow (que tras esta película centraría su carrera en la  escritura para la televisión) pone el acento en el dramatismo de un posible error en la decisión tomada.

Para acrecentar la idea de que la aplicación de la pena de muerte es un castigo irracional y que puede acarrear errores gravísimos, la película entra en su tercio final en un vertiginoso requiebro narrativo con diferentes giros de guión (accidente del editor, búsqueda de las pruebas que eviten la muerte del condenado, investigación policial, apertura del testamento del editor, proclamación de la inocencia, indulto, etc.) que tiene como objetivo poner de relieve que la condena de una persona está sujeta a excesivas variables y la aplicación de la pena de muerte implica una duda que invalida de raíz esta práctica.

La película, finalmente, viene a explicitar que el criminal siempre recibe su castigo, pero simplemente por el abanico de posibilidades planteadas y las dispares situaciones por las que atraviesa el protagonista ya siembran la incertidumbre sobre la capacidad moral que tiene la sociedad de condenar a muerte a las personas.

Curiosamente, si bien es cierto que el planteamiento del filme queda suficientemente claro a lo largo de las vicisitudes que se exponen al espectador, también es verdad que un somero análisis del guión basta para dejar al descubierto los trucos que van apareciendo, uno tras otro, en la parte final del filme. En este sentido, la apertura del testamento que confirma las tesis del escritor in extremis, la investigación del policía sobre el pasado de la mujer asesinada, el descubrimiento del nombre verdadero de ésta o el error del escritor que le delata en escenas finales, tiñen de un lustre artificioso un guión que hasta la primera mitad del filme había funcionado con el rigor de la escritura del Hollywood clásico.

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Emparejamientos

Sin embargo, a la vez que ponemos en primer plano la artificiosidad de la parte final para justificar el tema principal del filme, la denuncia de la pena de muerte y la confusión entre los términos inocencia y culpabilidad, la escritura de Morrow desarrolla magistralmente un tema secundario por debajo de esa línea principal, el uso de la justicia para fines propios de unos personajes ambiciosos.

En este sentido, conviene recordar que si al principio de este artículo hemos hablado de la ejecución del matrimonio Rosenberg, ésta viene enmarcada dentro de la persecución macarthista que tenía como objetivo impedir la implantación del comunismo en cualquier esfera de la sociedad estadounidense (y que tanta repercusión tendría en Hollywood). Y el macarthismo no fue más que otro caso del uso de la justicia para hostigar y señalar culpables en un periódico histórico concreto que germinó en el caldo de cultivo de la guerra fría y donde una serie de oscuros personajes utilizaron las leyes amparándose en la defensa de la nación.

Más allá de la duda nos habla también de la enorme ambición de los personajes que no dudan en utilizar la justicia como elemento para satisfacer sus necesidades. El fiscal sabe que conseguir una condena a muerte supone un impulso a su carrera;  el editor, cuya línea editorial va en contra de la pena de muerte, sabe que tiene un filón para vender más periódicos si consigue demostrar la inconsistencia de algunos de estos procesos judiciales; el escritor necesita un argumento para su segunda novela; el policía que investiga se puede acercar a la mujer que amó tiempo atrás; la novia puede salvar la vida de su futuro marido; y finalmente, la mujer que trabaja en el cabaret adquiere notoriedad.

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Y estos personajes son presentados mediante una serie de emparejamientos que hacen que se complementen. El fiscal y el editor, uno a favor y otro en contra de la pena de muerte, son el ejemplo perfecto de cómo utilizar la justicia para sus ambiciones. Sus convicciones quedan patentes (aplicar las leyes y defender a los inocentes de posibles errores, respectivamente) pero no dejan de usar los medios de que disponen, incluso con métodos poco ortodoxos, para saciar su mutua ambición.

El escritor es el paradigma más evidente de cómo usar la justicia para su propio beneficio (conseguir un libro de éxito y librarse de un problema del pasado) y tiene su reverso en el policía que investiga todo el proceso, antiguo amante de la hija del editor, y que ve en todo este asunto una posibilidad de acercamiento, y así se lo indica a su superior, a ese amor que todavía está latente.

Y finalmente tenemos a las dos mujeres. Ambas proceden de un estrato social muy diferente, una es una mujer de la alta sociedad, hija del editor y acostumbrada a una vida desahogada; y la otra, trabaja en el cabaret donde fue asesinada su compañera  y ve en la llegada del escritor y su posterior participación en el juicio, la posibilidad de adquirir un protagonismo que la saque de su mediocre entorno. Pero esa diferencia social no impide que su ambición las una en la cara y el reverso de una misma moneda.

Esta lectura del filme en la cual se muestra el aspecto más oscuro de los personajes, y por ende, la flaqueza moral de una sociedad, quizá sea la parte más interesante de la última producción que Fritz Lang dirigió en EE.UU.

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Coda final

En 2009, se estrena Más allá de la duda (Beyond a reasonable doubt), remake del filme de Lang, dirigido por Peter Hyams, que también ejerce de guionista (adaptando el guión original de Douglas Morrow) y director de fotografía. Hyams, considerado un director de oficio, un artesano, con una considerable filmografía a sus espaldas, retoma la idea original (incriminarse mediante una serie de pistas falsas) pero casi desde el inicio la historia primigenia se abandona para centrarse en la denuncia de la actuación de la fiscalía.

Lo que menos importa en el filme de Hyams es el debate sobre la pena de muerte o la variabilidad de la justicia, pues todo radica en la figura de un fiscal corrupto que falsifica las pruebas y no duda en recurrir al asesinato para mantener sus tesis. A diferencia del clásico de Lang, donde las razones del fiscal para perseguir a los criminales quedaban estrictamente dentro de su celo profesional, en esta nueva revisión del clásico, se introduce una subtrama que enturbia las intenciones del original.

No se plantea un posible error del sistema judicial o una crítica al sistema establecido, simplemente hay un elemento aislado, que una vez cercenado, deja a salvo todo el sistema judicial (que incluso es capaz de resolver finalmente el asesinato que origina toda la trama). El personaje creado para la interpretación de Michael Douglas un ser malvado, definido con cuatro trazos (similar al encarnado por el propio Douglas en Un crimen perfecto, el remake del filme de Hitchcock) y, precisamente por esa composición, impide ver más allá de su consideración individual, con lo que cualquier planteamiento crítico se pierde bajo esa supuesta maldad del personaje.

Eso sí, se hereda del original la estructura sorpresiva final, quizá la parte más inconsistente del original y que termina con la escasa credibilidad de esta revisión innecesaria.


 

Dos filmes, una trama: un periodista quiere demostrar que el sistema judicial puede cometer errores, sobre todo, tratándose de la pena de muerte. Para ello siembra las pruebas circunstanciales en un homicidio que no ha sido resuelto, pruebas que además lo  incriminan. De igual modo y para su protección, recopila testigos de que él las colocó; efectivamente es incriminado, llevado a juicio y condenado a muerte. Cuando el testigo con las pruebas que corroboraban la inocencia está a punto de presentarse, muere intempestivamente, llevándose íntegramente a la tumba su secreto, lo que pone al reportero prácticamente en la silla eléctrica. Sin embargo, su novia logra demostrar por otros medios su inocencia, y justo cuando todos creemos que vivirán felices para siempre, aparece el genio del cine negro dando una vuelta de tuerca a la trama,  efectivamente él era el asesino y  todo había sido un maquiavélico plan para librarse de su crimen, sin embargo, la mujer descubre la verdad y de esta forma al finalizar el filme,  la justicia triunfará y el criminal recibirá su merecido.

Una  primera cinta, de 1956 Más allá de la duda (Beyond a Reasonable Doubt)  y a cargo Fritz Lang, con Dana Andrews y Joan Fontaine; la segunda, Más allá de la duda (Beyond a Reasonable Doubt) un remake de Peter  Hyams del 2009 con Jesse Metcalfe, Amber Tamblyn y Michael Douglas como el fiscal). La de Lang, una obra maestra con un guion excelentemente desarrollado que da secuencia magistral a esta película. El remake, deja mucho que desear, no abona o enriquece nada el planteamiento inicial del célebre director alemán, simplemente utiliza el argumento, haciéndolo contemporáneo, un guión tan malo que no sólo no logra hilar una relación amorosa de los protagonistas que convenza al espectador de ese vínculo irrompible e idealista, sino que además llega al absurdo: un automóvil dando vueltas alrededor de una mujer a la que trata de asesinar. En la primera el guionista tiene un sólido conocimiento sobre cuestiones jurídicas que desenvuelve con maestría en la trama, de tal forma que cada personaje asume su papel con naturalidad: un fiscal de hierro, pero justo, un inculpado que no es culpable pero que lo parece. En la segunda, los guionistas cometen pecados jurídicos imperdonables, olvidan el derecho como parte de la trama, de tal forma que dejan varios cabos sueltos: las pruebas recopiladas por la novia, son sustraídas de manera ilegal, por lo que no podrán usarse en juicio, y aun cuando fueran aceptadas, el fiscal las desestimaría fácilmente, puesto que ha sido planteado como un excelente abogado.

Lejos de ser un alegato en contra de la pena de muerte o de tratar de mostrar la falibilidad del sistema judicial norteamericano, ambas cintas proyectan en realidad un sencillo y clásico dilema moral de la sociedad norteamericana ¿el fin justifica los medios? Es decir, un fiscal buscará por todos los medios legales inculpar a un ciudadano de un asesinato y condenarlo a muerte; un reportero utiliza una serie de artimañas para hacer caer al fiscal en errores y así demostrar que la justicia puede equivocarse. El resultado, al final de cuentas (hasta ese momento de la trama de la película) es el mismo: una sociedad sin valores, sin bondad o maldad, sólo objetivos, metas que alcanzar. Desde esta perspectiva, ambos personajes tienen la misma tesitura, y entonces no hay justos ni pecadores, sólo situaciones que nos llevan a actuar de determinada forma. El corolario es explícito en el filme de Hyams: el personaje principal -el reportero- tiene entre su curriculum filmográfico, un documental sobre una yonkie: mujer pobre, drogadicta, y a la cual, una noche de intenso frio, la nieve le arrebata a su hija. En el cierre de su documental, el reportero deja en la  conclusión de esta ambivalencia moral: “La única diferencia entre  Jane Doe {la mujer drogadicta} y nosotros es el accidente de nuestro hogar de nacimiento por lo tanto no somos más mejores ni merecedores…”. El fiscal y el reportero cortados con la misma tijera; no hay bondad ni maldad, sólo condiciones sociales, necesidades que nos llevan a actuar como actuamos ¿Podemos culpar a un reportero que hace cosas poco éticas, como sembrar pruebas falsas, si al final de cuentas es su trabajo? ¿Lo mismo, mutatis mutandis, para con el fiscal?

La respuesta es un sí, y viene a redimir a la sociedad norteamericana: por una cuestión circunstancial la novia que durante toda la cinta creyó, luchó y obtuvo la inocencia del periodista, que sólo le basta mover un dedo para que el inculpado quede totalmente absuelto, se entera de que su novio es efectivamente el asesino, y que éste solo creó una coartada perfecta para librarse de su crimen, se enfrentará a otro dilema moral ¿perdonará a quien ama o lo delatará porque es un asesino? La duda no dura mucho, opta por lo correcto, lo bueno, lo justo: decide denunciar ante las autoridades al criminal, dejar que el procedimiento siga su causa y no evitar la condena. De esta forma, antes de  finalizar la trama, vemos que sí existen los valores, que al final de cuentas siempre hay personas dispuestas a creer en la moral. Una impresión que no ha cambiado mucho entre 1956 y 2009: en tanto que los políticos (el fiscal) y los medios de comunicación (el periodista) no son los mecanismos que permitirán arribar a la justicia, la redentora es la propia ciudadanía, encarnada en una mujer que idealiza el american way of life: amó y luchó hasta el final, pero nunca dejó que los medios se justificaran por el fin.

Por ello, Más allá de la duda, no muestra un alegato sobre la falibilidad de la justicia norteamericana; para ambos directores el sistema no se equivoca, lo engañan, que es diferente; tan es así, que a final de cuentas la justicia triunfará: un criminal recibirá su merecido.  Lo  irónico es que parecíamos apreciar un argumento en contra de las pruebas circunstanciales, pero en ambas, el culpable terminará condenado con el simple testimonio de una persona, la prometida.

Lo irónico es que, lo que se suponía un argumento en contra de la pena de muerte, se transformará en una afirmación de la misma; el director lleva al espectador a estar de acuerdo con la conclusión de la historia y, aunque en principio no se exhiba explícitamente, el espectador estará contento con un final donde triunfa el bien, donde el criminal es castigado, donde se le impone una pena por su delito; aun cuando no repare que la misma será la de muerte.


tomado de elpais

En 1956, durante la última fase de su carrera, Fritz Lang dirigió un thriller de demoniaco punto de partida y puesta en escena ejercitada con el piloto automático, en el que un periodista se incriminaba como el asesino de una mujer con la que nada tenía que ver, sólo para poner en tela de juicio la existencia de la pena de muerte a través de la introducción del concepto de la “duda razonable”. Más de 50 años después, la sociedad estadounidense parece haber ido marcha atrás en algunos aspectos, puesto que la nueva versión de Más allá de la duda,dirigida por el habitualmente insulso Peter Hyams, ni siquiera se plantea tal reconversión ética y legal. Estamos ante un caso de denuncia de corrupción individual, de un elemento podrido en forma de fiscal del distrito, dentro de un sistema punitivo que parece funcionar.

MÁS ALLÁ DE LA DUDA

Dirección: Peter Hyams.

Intérpretes: Jesse Metcalfe, Michael Douglas, Amber Tamblyn, Sewell Whitney.

Género: thriller. EE UU, 2009.

Duración: 105 minutos.

Como en la película original, se aprovecha para denunciar el papel de ciertos medios de comunicación en la fabricación de ciertas noticias (allí, la prensa; aquí, la televisión), y se mejora respecto a aquélla en el crescendopsicológico, algo que a Lang no parecía importarle y que además se acrecentaba por la sempiterna actuación imperturbable de Dana Andrews. Además, los autores del nuevo guión resultan más honestos respecto del desenlace. Así, y sin dar más datos de los debidos, en esta versión se ofrecen un par de pistas visuales y verbales a lo largo del metraje que devuelven al juego limpio a un guión que, en 1956, se sacaba de la manga un giro final tan inesperado como rocambolesco.

Sin embargo, tras el párrafo de las mejoras, habrá que concluir que Hyams es incapaz de rescatar a su Más allá de la duda de la categoría del thrillerconvencional de aspecto televisivo y vuelo raso. Jesse Metcalfe, de gran parecido físico con Andrews, tampoco enriquece demasiado su impavidez y, sobre todo, la película es la palpable demostración de la cobardía en materia de derechos sociales de buena parte del cine americano de hoy. A finales de los años cincuenta, Hollywood fabricaba películas como Doce hombres sin piedad, ¡Quiero vivir!, Senderos de gloria y Más allá de la duda, todas ellas visibles recomendaciones hacia un replanteamiento legislativo en materia penal. Rescatar una cinta como la de Lang para luego obviar lo mejor de ella sí que no parece razonable.