Cartero siempre llama dos veces, El

Título en castellano El cartero siempre llama dos veces
Titulo original The postman always rings twice
Año de filmación 1946
Duración 113 minutos
Pais Estados Unidos
Director Tay Garnett
Guion Harry Ruskin, Niven Busch (Novela: James M. Cain)
Música George Bassman
Dirección de fotografia Sidney Wagner (B&N)
Reparto
Productora Metro Goldwing Meyer
Sinopsis Durante la Gran Depresión de los años 30, Frank Chambers (John Garfield), un hombre que vaga sin rumbo, empieza a trabajar en un bar de carretera, regentado por un hombre mayor y por Cora (Lana Turner), su joven, bella e infeliz esposa. Pronto Frank y Cora comienzan a sentirse atraídos el uno por el otro. 
Premios  
Subgénero/Temática
Crimen, Gran Depresion, Mujer fatal

 

tomado de filmaffinity

La pasión y el crimen siempre fueron buenos compañeros de viaje. Aquí, una parada obligatoria. Y es que el espectador pronto comprende la atracción, perdición y condena que puede suponer tener cerca a la irresistible Cora, una Lana Turner de blanco deslumbrante que envenena de obsesión. Obra maestra indiscutible del género, el cine negro alcanza una de sus cumbres con este absorbente ejercicio de suspense, en el que pocas veces una cámara de cine amó tanto el rostro de una mujer, belleza fatal hecha celuloide.
Pablo Kurt: FILMAFFINITY .

Film de cine negro, realizado por Tay Garnett (“Mares de China”, 1933). El guión, 
de Harry Ruskin y Niven Busch (“Duelo al sol”, Vidor, 1946), adapta la novela negra “The Postman Always Rings Twice” (1934), de James M. Cain. Se rueda en exteriores de Norwalk (CA) y en los platós de los MGM Studios (Culver City, L.A., CA). Producido por Carey Wilson para la MGM, se estrena el 2-V-1946 (EEUU).

La acción dramática principal tiene lugar en 1945/46 en el establecimiento “Twin Oaks”, que explota una gasolinera y una hamburguesería en una carretera secundaria, que une Los Ángeles y San Diego. Frank Chambers (Garfield) llega en autostop al establecimiento, donde se queda por algún tiempo contratado como ayudante del propietario, Nick Smith (Kellaway), casado con Cora (Turner), una mujer joven y deslumbrante. Frank es solitario, desarraigado y un trotamundos. Cora es enigmática, arrastra un pasado oscuro, se siente falta de afecto y se ha casado para dejar la prostitución y llevar una vida holgada. Nick, de unos 60 años, es bonachón, amble y simpático.

El film suma drama, cine negro, crimen, suspense y thriller. Adapta con notable fidelidad una novela negra de éxito, publicada 12 años antes, inspirada lejanamente en “La bestia humana” (1890), de Émile Zola. La novela de Cain traslada el mundo de maldad, crimen, codicia, deseo y fatalismo de la obra de Zola al ambiente de la Gran Depresión. El guión de la película lo traslada a la posguerra que viven los EEUU tras la finalización (agosto 1945) de la IIGM. De la novela citada se han realizado 4 adaptaciones al cine. “Le dernier tournant” (Pierre Chaval, 1939) y “Ossessione” (Visconti, 1942) fueron las dos primeras. La tercera es la de Garnett. Posteriormente se rueda una nueva versión (Rafelson, 1981). La cinta de Garnett es del mismo año que “Gilda” (Vidor, 1946), con la que comparte algunos rasgos comunes (tensión sexual, mujer deslumbrante…).

Dotado de buen ritmo y de fluidez narrativa, el film presenta una mujer fatal, de espléndida y seductora belleza, que ocupa el centro visual y dramático de la obra. Vestida de blanco impecable, de cabello rubio platino y de potente sensualidad, teje a su alrededor una inquietante atmósfera de violencia pasional, erotismo, deseo, sexo y autodestrucción. La Turner compone una figura singular de mujer fatal, atractiva, seductora, manipuladora y perversa, que con el tiempo se ha convertido en una de las más conocidas y mejor recordadas del cine negro clásico.


Creo que el motivo casi único para ver esta irregular película es, sin duda, la deslumbrante presencia de Lana Turner. El cine ha dado imágenes de esas que retenemos para siempre, “iconos del cine” que suelen figurar con profusión en portadas de los libros especializados. La maravillosa presentación del personaje de Cora en esta película es una de esas imágenes imborrables, tan brillante como la de Rita Hayworth en “Gilda”, producción del mismo año. 

La presentación de Cora “enmarcada” en la puerta, con un short blanco mostrando sus esplendorosas piernas ligeramente cruzadas, agarrando con estudiada displicencia su cajita de polvos de maquillaje es de esos momentos mágicos e inolvidables del cine. El contrapunto de la cara que pone el bueno de J.Garfield también merece reseñarse, pues el espectador se identifica enseguida con la turbación que le proporciona tal súbito aparición

Son maravillosos los primeros planos de la Turner: en ocasiones, la luz se centra en la franja media de su cara, resaltando sus enormes y brillantes ojos. Sus vestidos blancos y su peinado son también elementos reseñable. Por supuesto, una estrella de su altura no puede despeinarse en ningún momento: así que cuando vuelve de sus escapadas nocturnas para bañarse con su amante, la vemos con la misma “escultura capilar” intacta.

Por lo demás, la película es bastante irregular, especialmente en su tercio final, cuando comienza toda la trama policial y judicial. En esta ultima parte la película se precipita aceleradamente por unos caminos que narrativamente son absolutamente confusos, farragosos e increíbles; todo está muy mal explicado, como si el propósito fuese rematar el film con una urgente faena de aliño. En esta parte final la película hace aguas por todas partes: da la sensación de que la hubiese hecho otro director o bien que hubiesen querido meter apresuradamente y desaliñadamente el texto de la novela de J.M Cain. 

Tampoco convencen los secundarios, especialmente, el marido de Cora. Puede que Cora tuviera la necesidad de un matrimonio de conveniencia, pero hombre, casarse con un gordito bonachón como ese, parece poco creible. Me creo tanto al personaje como si lo hiciera Henry Travers (el ángel de “Que bello es vivir”).Por cierto, lamentable también las dos canciones con que se despacha este hombre, que en su versión doblada en español son absolutamente insufribles (Me recuerda a la también insufrible versión doblada de las canciones que cantaba Nerón/P.Ustinov en “Quo Vadis?)


tomado de serueda

Rebeca(Alfred Hitchcock, 1940), Cintia(Melville Shavelson, 1958), Gilda (Charles Vidor, 1946)…y El cartero siempre llama dos veces (Tay Garnett, 1946). Aunque la adaptación de la novela de James Cain no tenga nombre de mujer, qué duda cabe que sin el atractivo, enigmático y arrollador rol de Lana Turner, minuciosamente moldeado, esta joya del cine negro no sería ni una milésina parte de lo que es. Símbolo sexual de la década de los 40, la actriz encarna a Cora, una femme fatale casada con un hombre mayor y atrapada en la más absoluta rutina. Su disección de personaje, de rostro tan angelical como perverso, está perfectamente elaborado, así como un soberbio diseño de vestuario encomendado a una actriz envuelta en ceñidos vestidos que ayudan a potenciar de tensión sexual el ambiente. Sin embargo, el paroxismo del que tanto ella como el protagonista presumen en la novela, se apacigua sobremanera en la gran pantalla por el corsé de la censura, requisito obligado para sacar el proyecto adelante. El remake que Bob Rafelson llevó a cabo en 1981, mucho más fiel al libreto original, sí que potenció la parte erótica -imposible olvidar la mítica escena de la cocina-.

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Al protagonista al que nos referimos es Frank Chambers (John Garfield, en uno de sus papeles más aplaudidos), un vagabundo con antecedentes penales que durante la Gran Depresión comienza a trabajar en un apartado restaurante regentado por el marido de la joven. La chispa no tarda en saltar entre ambos y, como era habitual en el género de la época, empiezan a planificar el crimen perfecto, por el cual ambos se apoderarán del dinero del anciano. Pasando por alto el discutible hecho de que una mujer tan espectacular esté casada con un hombre tan poco agraciado y varias décadas mayor, conviene resaltar de El cartero siempre llama dos veces lo bien que hilvana todos las constantes de sus contemporáneas: asesinatos, juicios, triángulos amorosos… situándose a la misma altura de El sueño eterno (Howard Hawks, 1946) o Cara de ángel(Otto Preminger, 1952), al mismo tiempo que hace gala de una rica transfusión de géneros: thriller, policíaco, criminal, amoroso… aunque en el fondo puede que no sea más que un retrato de la soledad, total y absoluta. El primer tercio de la obra es impecable, los hechos se exponen de forma nítida y, aunque a partir de entonces el interés queda diluído, conviene esperar hasta el última tramo donde un giro radical de guión, especialmente en esa escena final en la que el título de la película adquiere su máximo significado, vuelve a sumar enteros un film cuya temática principal vendría a ser algo así como “el que la hace, la paga”. Si no antes, después. 

Narrada con la prodigiosa voz en off de Frank y exquisitamente iluminada, a las buenas localizaciones -las escenas de la playa, magníficas-, también hay que sumarle lo bien que expone el drama interior de los dos frustrados protagonistas; dos seres consumidos por la soledad, dueños de un oscuro pasado –Cora era prostituta, aunque aquí este detalle pase casi de puntillas- que, al encontrarse, se descubren como mutua tabla de salvación, la compenetración en su grado máximo, el afecto que siempre han necesitado y que, caprichos del destino, se les ha negado reiteradamente. Un hecho que, en cierta medida, compensa el retrato frío y manipulador, por completo amoral, que se elabora de ellos. El espectador disfruta como ambos se embarcan en una montaña rusa de peligrosas emociones, sinuosas vivencias que no hacen sino ejemplificar el frenético e inevitable descenso a los infiernos a los que se dirigen a toda velocidad. 

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Película guiada por la perversión, por la confrontación moral del bien y del mal, beligerante en su provocaciónEl cartero siempre llama dos veces también posee, lástima, cierto aroma a cine doméstico, esto es, de limitarse a contentar a los incondicionales del género y no ir más allá. Cierto es que la época no le dejó mucho margen de maniobra, especialmente en cuanto a efectos especiales, violencia y sexo, pero se echa en falta más ingenio y garra en un espectáculo que podía haber sido una obra maestra y que, finalmente, se queda en algo notable. Sin más. 


tomado de esculpiendoeltiempo

“Dueños de sus destinos son los hombres. La culpa, querido Bruto, no está en las estrellas, sino en nuestros vicios”. (William Shakespeare)

Gran Depresión. Frank Chambers (John Garfield) es un trotamundos sin empleo que encuentra trabajo en un apartado restaurante de carretera. El local está regentado por Nick Smith (Cecil Kellaway) y por su joven y bellísima esposa, Cora (Lana Turner). Pronto surge una fuerte atracción entre Frank y Cora, quienes empiezan a urdir un plan para librarse del señor Smith. 

Mítico clásico del cine negro que adapta con brillantez la novela homónima de James M. Cain. Más allá de sus inapelables virtudes fílmicas, a las que nos referiremos a continuación, la película ha pasado a la historia gracias, en parte, a la arrolladora y embelesante presencia de Lana Turner, acaso la femme fatale más irresistible y sensual de todo el género. ¿Qué hombre no se habría visto abocado al más profundo abismo de perdición por semejante mujer?

The Postman Always Rings Twice nos presenta una sórdida historia de amor, crimen y suspense teñida de trágico fatalismo. No cabe posibilidad de redención para aquellos que, marcados por Caín, no pueden eludir los caprichosos designios de un sino empeñado en hacer justicia.

El filme está narrado en primera persona por el personaje de Frank, cuya voz en off acompaña al espectador a lo largo y ancho del extenso flashback que abarca la práctica totalidad del metraje. La tórrida atracción que siente hacia Cora se hace palpable desde el inicio. Esa irrefrenable lujuria será correspondida casi de inmediato, iniciándose entre ambos una relación a espaldas del confiado e ingenuo marido, que más pronto que tarde acabará convertido en un estorbo que es preciso eliminar. 

El complejo guión de Harry Ruskin y Niven Busch está plagado de inesperados giros en la trama y situaciones de máximo suspense; la narración transcurre con loable fluidez y pulso en manos de Garnett; la música de George Bassman introduce notas que enfatizan la tensión del relato; y la precisa puesta en escena aparece envuelta por una gran fotografía en blanco y negro de Sidney Wagner. 

De entre las escenas que conforman este trabajo, me quedo con aquella en la que se presenta al personaje de Cora: un pintalabios rueda hasta Frank, que está sentado junto a la barra del restaurante. Enseguida un travelling se desplaza en dirección opuesta a la seguida por el objeto y se detiene frente a dos piernas femeninas. Un primer plano de Frank denota su anonadamiento. A continuación otro plano, en este caso entero, muestra a Cora enmarcada por una puerta. El seductor juego ha comenzado.

En 1981 Bob Rafelson realizó un apreciable y más explícito remake que contaba con Jack Nicholson y Jessica Lange como protagonistas principales. Pese a su interés, la versión de Garnett continúa siendo la mejor.


tomado de espinof

‘Ossessione’, el cartero siempre llama dos veces

'Ossessione', el cartero siempre llama dos veces

Las dos adaptaciones más famosas de la novela de James M. Cain‘El cartero siempre llama dos veces’, son las realizadas por Tay Garnett, que permanece como uno de los clásicos del cine negro, y la de Bob Rafelson, que permanece en las mentes calenturientas gracias a la famosa escena de la cocina entre Jack Nicholson y Jessica Lange. Pocos conocen, lamentablemente, que Luchino Visconti empezaba su carrera como director en 1943 con ‘Ossessione’, precisamente una adaptación de la novela de Cain, cuyos editores impidieron su estreno en cines estadounidenses hasta nada menos que 1976.

Garnett enfocó el material de Cain desde la perspectiva de un thriller; Rafelson desde ninguno, su intención de escandalizar con las secuencias de sexo ahoga por completo la trama y no se sabe muy bien a qué juega. Visconti, como nos acostumbró luego en su cine, se centra en los personajes, en el drama interno que sufren explorando todas y cada una de las posibilidades, no sólo de la pareja protagonista, sino de los demás personajes.

‘Ossessione’ narra la historia de un vividor (Gino Costa) que un día, vagabundeando, logra encontrar trabajo en la casa del dueño de un restaurante, en la que la esposa del mismo (Giovanna) vive una vida que nunca soñó. Su marido la trata como una sirviente, y casi como una esclava. Giovanna se enamorará de Gino, y se convertirán en amantes, pero la presencia del marido es un obstáculo que tendrán que sortear de cualquier forma si quieren permanecer juntos.

‘Ossessione’ permanece como una de las primeras obras del Neorrealismo italiano, en el que directores como Roberto Rossellini o Vittorio De Sica tuvieron mucho que decir. Aunque el inicio de dicho movimiento fue inaugurado con ‘Roma, ciudad abierta’, realizada en 1945, dos años después de ‘Ossessione’, en el film de Visconti se encuentran prácticamente todas las características del movimiento surgido por la inquietud de un sector crítico, todos ellos escritores en la revista Cinema. Visconti, que fue colaborador del gran Jean Renoir, viste todo el film con ese aire típico del Neorrealismo. En las imágenes de ‘Ossessione’ vemos la decepción general de un país acabado por las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, una realidad bien palpable, contextualizando la historia en un entorno de depresión, reflejo de la vida tal cual era en aquellos desoladores años.

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Gino Costa ha servido en el ejército y su recompensa es ser un vagabundo. Giovanna no tiene nada en la vida, sólo estar atada a alguien por el que siente repugnancia, pero sin el que no puede subsistir. Por eso cuando el amor, en forma de obsesión sexual, llama a su puerta, se debate entre la seguridad económica o la emocional. Al lado de Gino el futuro no es muy prometedor, y al lado de su marido todo es un infierno. Gino es alguien que, poco a poco, va consumiéndose por ese amor fatal (ingrediente imprescindible del buen cine negro, y que Garnett en su versión lleva hasta las últimas consecuencias) que parece burlarse de él. Otra obsesión, pero esta vez minando a alguien que no tiene malas intenciones en ningún momento, pero que va cambiando progresivamente hasta convertirse en alguien irreconocible, siendo capaz de echar de su vida al más fiel de los amigos.

‘Ossessione’ es el retrato de dos perdedores, cuyo amor afecta a todo el que les rodea, y como ese amor, pasional, destructivo, obsesivo, le va haciendo perder la perspectiva hasta el punto de cometer un asesinato, un acto horrendo que tendrá irreversibles y desastrosas consecuencias. En un tiempo de guerra, el amor se convierte en algo que no trae esperanza, sino muerte y destrucción. Visconti lo narra todo con esa visión decadente que tienen todas sus películas, sin miramientos, con sequedad. Personajes que terminan aplastados por sus propias aspiraciones, sin poder escapar a un mundo en el que no encajan, y en el que sus destinos ya han sido marcados desde el inicio. Clara Calamai y Massimo Girotticomponen dos personajes maravillosos, y su perfecta química traspasa la pantalla.

Visconti entraba por la puerta grande con ‘Ossessione’, e iniciaba una carrera llena de películas inolvidables (‘Senso’, ‘Rocco y sus hermanos ‘ o ‘El gatopardo’), aunque también obtendría un discutible prestigio por films que no aguantan el paso del tiempo, excedidos y manieristas (‘La caída de los dioses).

No tenemos editada ‘Ossessione’ en DVD (ya sabéis lo que quiero decir), y es una verdadera pena. Mientras me lamento, me retiro a mis aposentos a escribir sobre cierta película de reciente estreno que en todo momento imita a Michael Mann.


tomado de gencinexin

Hoy en día, el cine negro no es lo que era. El film que aquí comentamos, es un claro ejemplo de todo lo que nos puede ofrecer un gran film de género. “El cartero siempre llama dos veces” es sin duda una pelicula transgresora para su época por su manifiesta sexualidad, crudeza o violencia, con un reparto en estado de gracia (esos grandes Garfield y Turner), con una dirección excelente y en la cual se dan cita muchos de los elementos propios de los films noir (objeto-detalle, juicios, “falsos culpables”, femme fatale, seguros de vida, etc…).

La adaptación de la novela (inspirada lejanamente en “La bestia humana” (1890), de Émile Zola), a diferencia de “Perdición” de Billy Wilder, tardó a llevarse a la pantalla más de una década, por culpa en parte de la dura censura (es bien sabido los elementos que caracterizan la cinta). Parte de su éxito en taquilla se debió, a parte de por la indudable calidad cinematográfica de la obra, a su violencia y sobre todo a su sexualidad (ver esos besos entre los 2 protagonistas, o los vestidos que lleva Lana Turner enseñanando el ombligo, no muy propios de un film comercial de aquella época). “El cartero siempre llama dos veces” supone uno de las grandes aciertos dentro del cine negro americano ya que abarca una diversidad de temas bestial, que van desde odio, venganza, amor, desamor, traición, relaciones imposibles fatalidad, azar, culpa, destrucción, sexo, deseo, etc..

El cartero siempre llama dos veces” es un claro reflejo de una relación imposible, ligada a un azar fatal ya sea por desavenencias o por trágicos sucesos o accidentes, pero que pase lo que pase, nunca podrá funcionar (justamente, y salvando las distancias, como en la vida real entre ambos protagonistas). Y es que si hay un tema que ensalce al film hasta lo más alto, es su visión sobre la fatalidad y sobre el azar.

El guión está muy bien escrito y estructurado, con unos personajes bien construídos y definidos. A ello habría que unirle una grandes interpretaciones y una presentación de personajes notable (ver ese excelente plano detalle del pintalabios que se aleja y sube hacia arriba enseñandonos desde las piernas hasta dar con la cara de Cora , el personaje de Lana Turner, primera y espectacular aparición, y muy apropiada para entender el flechazo que John (Garfield) siente por ella).

John Garfield estaba a punto de abandonar los estudios Warner, es decir se le acababa el contrato, cuando decidió entrar a formar parte de este film, que producía la Metro, encarnando a Frank Chambers. Un buen actor, el cual no solo trabajó pantalla grande participando en films firmados por Robert Rossen, Elia Kazan o Howard Hawks entre otros, sino también en teatro. Como anécdota decir que Garfield iba a protagonizar “Un tranvia llamado Deseo” de Elia Kazan, pero finalmente fue substituido por un jovencisimo y por aquel entonces tan desconocido como prometedor Marlon Brando.

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Volviendo a la pelicula, las actuaciones del triplete protagonista son simplemente maravillosas, no solo de Lana Turner o John Garfield (los cuales poseen una química especial), sino también del personaje de Nick, el marido de Lana Turner, interpretado por Cecil Kellaway, un personaje lleno de matices. Que el trio protagonista esté asombroso es directamente proporcional a una buena dirección de actores a cargo de Tay Garnett, algo que se suele olvidar a la hora de criticar films, pero que resulta vital para las películas.

El cartero siempre llama dos veces” es un film tremendamente metafórico. Ver esa escena en donde hay un cartel puesto fuera del establecimiento donde está Lana Turner que dice asi: “Se necesita hombre“, con ese doble sentido: trabajo/amor, ya que Cora aprecia a su marido pero no le ama, lo que lleva a plantearnos durante el film cuales son sus intereses u objetivos que mueven al personaje femenino, y eso es una de las cosas con las que juega el guión junto con los malentendidos y las especulaciones policiales.

El trabajo de Tay Garnett tras las cámaras es estupendo, aunque sea un cineasta con una carrera de lo más irregular. Un director entusiasta de los travellings y los planos secuencia, dando fe de ello en esta cinta. En “El cartero siempre llama dos veces” nos regala algunos planos secuencia verdaderamente deslumbrantes, como el de la presentación de Cora (Lana Turner), o el del intento de asesinato de su marido, uniendo contundencia y terror con ese grito y el plano del rostro de Garfield sin saber que es lo que ha ocurrido (como el espectador). La fotografía a cargo de Sidney Wagner para la cinta es excelente, con una sabia utilización de la luz para crear atmósferas que van desde la luminosidad de una ciudad, hasta los exteriores nocturnos (la escena del accidente automovilísco o cualquier escena nocturna en la bahía) o los interiores más oscuros.

Si hay algo inolvidable de la película, a parte del conjunto y de su mensaje, es ese final, tan tremendamente injusto pero justo a la vez, valga la redundancia. SPOILER Es como si nos viniera a decir que en esta vida todo se paga, y aunque quedes inpune del delito cometido, a la justicia del azar no escaparás. El personaje de Garfield descansa, sabiendo que morirá en la camara de gas, pero quiere soñar que se reencontrará con su verdadero amor, ya que en esta vida el azar y la fatalidad jamás les dejó ser felices. FIN SPOILER

Un enorme película sobre un amor imposible cuya fatalidad y azar les separó para siempre.


tomado de losojosdellobo

Los senderos de la pasión siempre van marcados por la estrecha cintura de una mujer que hace que te precipites en el pecado y en la corrupción. Cuando la amargura te rodea, entonces cualquier asidero merece la pena con tal de seguir adelante, sacando la cabeza, aunque tus nudillos se aferren a esas curvas que te marean, que te hacen saltar de la derrota a la perdición, que te obligan a deslizarte por el barranco del deseo y de la muerte. El cartero siempre llama dos veces, sí, pero no siempre estás allí para abrir la puerta.
Y es que, a menudo, el cine negro alcanza cotas de obra superior si sabe adentrarnos en la blancura de la piel que admiramos con ojos de espectador que no puede tocar. Por nuestras pantallas, desfila una mujer no muy alta pero que dispara la pasión hasta que te hiere el corazón de negrura y fatalidad. El blanco y negro de la película se convierte en el rojo de la sangre derramada con premeditación, en el rojo del deseo indomable, en el rojo de la ambición corta y la vida a corto plazo, en el rojo del destino implacable que cae como la noche sobre los que conspiran para ser esclavos de la nada.
No hay maestría en el pensamiento, y tampoco en la ejecución. Sólo son dos personas que se ven arrastradas violentamente hacia su lado más turbio intentando el dinero fácil, la libertad temporal, el fracaso a la vuelta de la esquina, la finalidad de existencias inútiles. Sólo hay una química brutal esperando a explotar y hábilmente disfrazada en una época en la que simplemente se podía sugerir y todo se ve recubierto por una climática atmósfera de polvo, lujuria y asesinato. La respiramos. La sentimos. La intuimos. No la vemos. Pero el cine no tiene por qué mostrar. El cine sólo tiene que esbozar algunas líneas maestras. El cuadro completo lo tenemos que poner nosotros.
El cartero siempre llama dos veces, de Tay Garnett, es una película estructurada de forma muy diferente a lo que se tenía por habitual en los años en los que se realizó. Fue un poco más allá de lo permitido por el Código Hays de censura y Lana Turner se convirtió en un símbolo sexual que transpira por cada uno de los agujeros de su ajustada ropa un torrente de calor que llega al público en oleadas de imaginación. John Garfield, muerto apenas unos pocos años después víctima de un ataque al corazón por causa del agobio al que le sometía el Comité de Actividades Antiamericanas, sabe transmitir en su cara lo que hoy en día no hay ningún problema en mostrar por debajo de la cintura. El resultado, claro, es una obra maestra que supera a la afamada versión de 1981 con Jessica Lange y Jack Nicholson con escandalosa escena de sexo incluida.
Y es que en un mundo de cinismo y maldad tal vez todos tenemos que esperar que el cartero sólo llame una vez. Si vuelve, es que nos han pillado bajando por el tobogán que nos precipita hacia las caderas insinuantes de lo prohibido y, por el camino, hemos tenido que eliminar los obstáculos que nos estorbaban por los medios que nuestra inteligencia nos ha dado. Y esa inteligencia, aunque creamos que no, nunca es mucha. Siempre hay alguien que es más inteligente que nosotros. Aunque sea el mismo objeto de nuestro imparable deseo. Aunque sea el cazador que eche el cierre a nuestra jaula.

 

La primera vez que la vi yo era una cría, de esas veces que haciendo zappingla pillas por la tele y te quedas viéndola. Según entendí, ya había sucedido la famosa escena tórrida de la mesa, quizá lo único que yo sabía de aquella película, y años más tarde, ya viviendo sola, me la descargué para verla entera. Fue una época en la que me dio por ver este tipo de clásicos “subidos de tono” o que entraban en esa categoría de “erótico”, como “El último tango”, “Fuego en el cuerpo” o “Lunas de hiel”. Hace poco, en una tienda de segunda mano que suelo visitar, me topé con la novela de “El cartero” y por un par de euros me hice con ella. No la había leído y me despertó la curiosidad, pese a que la película no está entre mis favoritas.

La novela (“The postman always rings twice”) de James M. Cain se publicó en 1934, y desde ese momento se sucedieron varias adaptaciones: la primera fue la francesa “Le dernier tournant” en 1939; en 1943 llegaría la película italiana de Visconti, “Ossessione”, más una historia de amor que cine negro; en 1946, la famosa versión americana de Tay Garnett con Lana Turner titulada “El cartero siempre llama dos veces”; en 1981, la versión de Bob Rafelson con Jack Nicholson y Lange del mismo título; en 1982 una ópera de la que poca información he encontrado, salvo que es el mismo tema con música de Stephen Paulus; en 1998 la versión húngara, “Pasión”, de György Féher; finalmente, en 2004, desde Malasia tenemos Buai laju-laju”dirigida por U-Wei Haji Saari (una película de bajo coste cuyas similitudes con las versiones norteamericanas parece ser que son pura casualidad). Me centraré en las versiones de Garnett (1946) y Rafelson (1981).

Vayamos a la historia: Frank, un buscavidas, entra a comer en un local en medio de la California rural en plena depresión económica americana. Aunque al principio rechaza el trabajo que le ofrecen, finalmente termina trabajando allí, dado que poco tiene que perder y la mujer del dueño del local es un argumento de peso para quedarse. El dueño del local, Nick, es un griego casado con Cora, una atractiva mujer (mucho más joven que su marido y asqueada del mundo que le rodea), que pronto se dejará seducir por Frank. Con la intención de mejorar su situación, planean la muerte de Nick. Tras un intento fallido, lo conseguirán, y Cora se queda el local como única propietaria. Descubierto el muerto, se suceden una serie de tácticas por parte del fiscal del caso para inculpar a ambos pero, aunque intenta enfrentarlos para que confiesen, la jugada le falla y Frank y Cora salen inocentes del juicio. Una vez calmada la situación (aunque la culpa, las sospecha y la falta de confianza siempre estarán presentes en su relación), deciden crear un futuro común, pero el destino les depara un duro golpe al final de la historia. Aquí no hago spoiler, pero más abajo sí.

La principal diferencia con la novela es que en la película del 81 sí es culpable Frank, pero la muerte de Nick fue un accidente y no debe cumplir condena, además de esa voz en off que sí hay en la novela y de la que más tarde hablaré. Además, el guión de David Mamet reforzó el contenido erótico, más flojo en la novela.

De la novela, que tuvo mucho éxito, se ha dicho que es una de las novelas negras más importantes del siglo XX. Esa mezcla de sexualidad y violencia contenidas fue la clave de ese éxito en los años que siguieron a su publicación. En algunas ciudades, como Boston, estuvo incluso prohibida su venta y distribución. A Mallahan Cain se lo ha catalogado dentro del tipo de “escritores duros” (“tough writers”) de la escuela norteamericana, como Dashiell Hammett y Raymond Chandler. Y aunque se ha dicho que es casi una novela policíaca, la novedad aquí quizá radica en los personajes: se ven envueltos por pasiones violentas y desenfrenadas, y viven situaciones turbias y hasta brutales, siempre “atormentados” por ese pasado que les persigue.

La novela es corta, sencilla, con un estilo bastante directo y numerosos diálogos. La historia está contada por Frank en primera persona: al final del libro se ve que mediante un flash back Frank va contando desde la cárcel su historia, como una manera de expiar sus pecados. Esto, por ejemplo, no sucede en la película del 81, pero sí se ve en la de 1946, donde Frank se confiesa a un sacerdote y le cuenta la historia, además de pedirle que interceda por él para que algún día Cora y él vuelvan a estar juntos. Este capítulo final se omite en la versión del 81. En cierto modo, quizá la adaptación del 46 es más fiel a la novela, sobre todo en cuanto al tratamiento del tiempo y al personajes de Cora (mucho más fría y calculadora que en la versión del 81, donde es más sumisa y dependiente de Frank), pero el contexto de la novela está mucho mejor reflejado en la versión de Rafelson.

En la novela se advierte que los personajes están atrapados en el esa crisis económica del momento y están predestinados al fracaso. Todo lo que hacen viene movido por un instinto de supervivencia, aunque ello les conduzca a veces a la mezquindad y la maldad. Cora es el prototipo de la mujer fatal que produce una atracción irresistible en Frank, que se deja llevar por ella e incluso es capaz de cometer un asesinato. Además, son dos personajes totalmente distintos: ella busca un lugar fijo; él quiere seguir visitando Estados Unidos y hacer dinero fácil. Pero pese a esas aparentes diferencias, al final la conclusión es que se necesitan, se complementan y de alguna manera se equilibra. En ambas películas los personajes están muy logrados y son fieles al original.

Turner en 1946
Lange en 1981

 

En la película de Rafelson, para empezar, nos encontramos con que ya hay color en la imagen, además de que hay más violencia y sexo que en la del 46, donde la censura era mucho mayor. Los espacios, el ambiente y el contexto es mucho más explícito, por lo que creo que esta última versión es más fiel a la novela en cuanto a intención se refiere: por lo explícito de la película, la relativa crudeza de las escenas, se parece más a la novela, cosa que también ocurre con otras historias, como en el caso de la “Lolita” de Nabokov llevada al cine por Lyne. Pensemos no sólo en las capacidades técnicas del momento en que se ruedan, sino en la censura y las “modas” de cada década: la primera es más dramática, más cercana al género negro por antonomasia; en cambio la segunda se trata de algo más cercano al thriller propiamente y su contenido sexual es más elevado, algo típico en las películas de los ochenta. 

Podríamos hablar largo rato sobre otras muchas diferencias entre ambas versiones cinematográficas (los rasgos físicos e incluso el nombre del marido; la ropa blanca de Cora en la primera versión; los intentos fallidos de asesinato; la evolución de la relación amorosa, etc), pero he creído más conveniente hablar de las diferencias básicas y sobre todo lo que les acerca o distancia de la novela.

He encontrado investigando en la web varias curiosidades:

-La novela está inspirada en “La bestia humana” (1890) de Émile Zola, pero la novela de Cain traslada el mundo de maldad, crimen y fatalismo de la obra de Zola al ambiente de la Gran Depresión americana.

-El director de cine ya había contado con Nicholson para varias de sus películas, y en otras ocasiones llevó al cine novelas y relatos, como “Poodle Springs” (de Raymond Chandler) o “Sin motivo aparente” (de Dashiell Hammett).

-Se dice que durante el rodaje de la versión del 81 hubo sexo real entre Lange y Nicholson, pero esto siempre se ha desmentido por parte de los implicados. Los rumores hablaban de cintas en las que se podía comprobar que la cosa había llegado a mucho más. 

-La promoción de la película se sirvió del slogan “Si existiese un undécimo mandamiento, también lo habría incumplido”.

-Hay una pequeña colaboración en la película del 81 de Anjelica Houston, que por entonces era la compañera sentimental de Nicholson.

-La película de Garnett recurre a otros elementos para rozar esa sensualidad de la novela: el cartel del inicio de la película, donde pone “Se busca hombre”; la carne haciéndose en las brasas cuando Frank ve a Cora; la masa cruda de la mesa de la cocina…

Como conclusión, diré que ambas versiones son bastante fieles a la novela, aunque la primera sea más recatada que la segunda. Quizá los personajes son mucho más extremos en la del 81 y por tanto es más difícil identificarnos con ellos, pero el ambiente está más cuidado y refleja mejor esa depresión económica gracias a la fotografía del filme. La voz en off es el elemento diferenciador más notable de ambas películas, así como el capítulo final de Frank en la cárcel tras la muerte de Cora. ¿Con cuál me quedaría? Posiblemente quede fatal diciendo que con el remake de Rafelson, pero ¿cuándo una mesa de cocina ha dado para tanto?


tomado de neokunst

The Postman Always Rings Twice (El cartero siempre llama dos veces, 1946) se trata de una de las películas más icónicas del conocido cine negro hollywoodiense de los años cuarenta.  Icónicas sí, pero esto no significa que de las mejores. La obra fue dirigida por Tay Garnett, un cineasta tan prolífico como menor, que en su haber tiene esta película como la más destacable y de largo. Y no creo que sea precisamente por casualidad. De El Cartero siempre llama dos veces se han dicho cosas maravillosas, así que un buen ejercicio de reflexión sería analizar el filme desde otra óptica.

El guion es puro cine negro, con sus vicios y sus virtudes. Nuestro protagonista, interpretado por John Garfield, es un trotamundos que no tiene un lugar fijo en la vida, hasta que un buen día encuentra una oferta de trabajo que le parece interesante (aunque no precisamente por el sueldo). Le contrata el dueño de una gasolinera-restaurante (interpretado por Cecil Kellaway, quien por cierto está por encima de Garfield en cuestiones interpretativas) aunque nuestro protagonista, por lo que se queda realmente en el trabajo es por la presencia de la mujer del dueño, interpretada por Lana Turner, de quien queda prendado desde el primer momento en que la ve. Pronto surgirá el amor. Aunque… ¿Realmente es amor lo que sienten ambos personajes? Si creemos que así es, lo cierto es que el mensaje de la película resulta aún más estúpidamente moralista, porque el castigo a la infidelidad tiene un papel fundamental, a pesar de que del personaje que interpreta Turner difícilmente podríamos decir que alguna vez estuvo enamorada de su marido. La femme fatale, el idilio prohibido, la voz en off, el crimen, la avaricia desmesurada (con su Hybrys correspondiente) …todos los ingredientes del cine negro están presentes en el plato, así que no merece la pena ir comentándolos de manera individual.

Y es que una de las cosas que más falla en El cartero siempre llama dos veces es su puesta en escena. Podemos aguantar por ejemplo el recurso de la Voz en off, relatada por el personaje masculino de la película (interpretado por John Gardfield) que nos presenta la historia desde prácticamente el final (pero sin desvelar nada del argumento) pero más hiriente resulta la incapacidad del cineasta para crear un clímax o alguna secuencia realmente atractiva. Pongamos por ejemplo uno de los que debería ser el momento culminante, como es el primer intento de asesinato. El ridículo de la escena produce prácticamente comicidad más que otra cosa, entre la cara de Garfield y el gato colándose por la escalera, la película no es capaz de crear la tensión necesaria. Y como esta secuencia, nos encontramos diversas a lo largo del metraje.

El guion tiene también algunas fallas bastante notables, y es que la película no sabe exactamente como cerrarse. Las secuencias del juicio parecen indicar un cambio de tercio interesante, pero pronto son substituidas para añadir otras escenas igualmente desconcertantes (el chantaje, que es resuelto de manera bastante burda). La mixtura de géneros no está del todo elaborada.

Nótese como la censura y el código moral eran un elemento indispensable en la época. Desde el momento en que los protagonistas deciden comentar tan salvaje crimen, uno ya sabe que el destino que les aguarda no puede ser otro que el más funesto. Y es que los censores del momento no podían permitir que una película mostrara como una acción negativa tenía su recompensa. En otras películas del género negro, como White Heat (Al rojo vivo, 1949), la resolución a este problema era literalmente “morir con las botas puestas” (donde en cierta manera se luchaba precisamente contra el código moral impuesto), mientras que en el filme de Tay Garnett la decisión por la que se opta es totalmente la contraria. Aquí es donde el filme pretende terminar de ligar (de manera un tanto infructuosa) las dos vertientes que se han ido desarrollando, como es el drama romántico y el cine negro. El final del filme no deja de ser un ajuste de cuentas con la justicia (ambos criminales pagan con su vida el crimen que cometieron y por el que no fueron castigados durante el juicio) donde se le intenta dar una pátina idealista al guion (para más inri, con la absolución del cura). Al final, todos pagamos por nuestros crímenes, una moralina demasiado vistosa que va en consonancia con una película de la que difícilmente oiríamos hoy en día si no fuera por la mítica interpretación de Lana Turner.

Sí, Lana Turner, de la que se puede decir que la película es enteramente suya. Desde el primer momento en que la vemos (como la ve, también Garfield), sabemos que ella es la mujer. A lo largo del metraje su carácter aparece bien desarrollado, con lo que somos capaces de apreciar la insatisfacción del personaje (que si bien puede sentir un cariño por su marido, desde luego no siente pasión) así como las ansías de prosperar económicamente, incluso aunque estás choquen principalmente con cualquier moral básica. Incluso, la actriz es capaz de darle un giro al rol de la femme fatale, llegando a dotarlo de una simpatía, humanizando a un personaje que hasta entonces resultaba odioso. Sí hay cierta moralina en la película queda en parte contrarrestada con la valiente y potente femineidad que muestra el personaje de Turner.


tomado de acotacionesdeunlector

Al igual que el inexistente cartero de la novela, en el transcurso de unos pocos días, vengo yo a llamar por segunda vez a la puerta del escritor norteamericano James M. Cain. Esta vez lo hago con un fuerte aldabonazo, o apretando el timbre hasta hundirlo si lo prefieren, en forma de entrada sobre la que es, por muchas razones, su obra de referencia. En efecto, El cartero (siempre) llama dos veces (The Postman Always Ring Twice, Alfred A. Knopf, New York, 1934) destacó desde su publicación por levantar una gran polvareda en los medios literarios y entre los propios lectores. Situémosla en el tiempo. Los Estados Unidos comienzan tímidamente a levantar cabeza tras la Gran Depresión. Para muchos norteamericanos las palabras New Deal, acuñadas por la administración Roosevelt, apenas significaban nada. El paro, el analfabetismo y la marginalidad eran algo más que fantasmas campando por sus respetos sobre la depauperada geografía estadounidense de principios de los años treinta. Ambas estaban profundamente enquistadas en la sociedad y constituían un caldo de cultivo excelente para la violencia y el crimen, ya fuera en forma de explosión de las actividades ilícitas de bandas organizadas o de proliferación de vagabundos y malhechores de toda laya que, tal y como nos los ha pintado el cine, acostumbraban a caminar sin rumbo, subiéndose en marcha a los trenes de carga o montándose en la parte trasera de una destartalada camioneta.

Camisa de la primera edición de The Postman Always Rings Twice (Alfred A. Knopf, New York, 1934). El éxito de la novela fue inmediato aunque hubo que esperar hasta 1946 para que Hollywood se decidiera a llevarla al cine

A este último grupo pertenece Frank Chambers, protagonista principal de la novela de Cain. Este vago redomado recalará en el restaurante que Nick Papadakis, “El Griego”, regenta a las afueras de Los Angeles con la ayuda de su atractiva esposa Cora. Allí trabará relación con ambos, con las consecuencias que quienes ya tuvieron la suerte de leer la novela conocen y que, para no arruinar el solaz de los que todavía no lo hicieron, no descubriremos aquí.
En el plano conceptual -no toda obra maestra debe ofrecer perspectivas desde ese ángulo, pero El cartero llama dos veces lo hace-, el relato puede resultar paradójico, pues tiene bastante de juego con lo accidental, con lo contingente, con lo fortuito y, al mismo tiempo, tiene mucho de reflexión involuntaria sobre la doctrina de la predestinación. Las cosas se complican para Frank y Cora porque suceden hechos imprevistos (por ejemplo, que un gato se electrocute), pero de la misma manera podría decirse que el futuro de Frank y Cora va ensombreciéndose a medida que los propios personajes toman decisiones aparentemente acertadas dentro de su confusa, pasional y errática concepción de la existencia, que sin embargo se mostrarán completamente equivocadas desde la racionalidad de aquel mundo cruel en que vivían.

Tay Garnett se encargó de dirigir a Lana Turner y a John Garfield en la primera versión cinematográfica de El cartero siempre llama dos veces. En otro lugar de este blog pueden ver el fotograma en que Frank (John Garfield) le arrea con una llave inglesa un golpe mortal a Nick (Cecil Kellaway)

Desde el punto de vista literario, mucho se ha dicho, bueno y malo, de esta obra. Fuertemente condicionada por el éxito de sus adaptaciones al cine, la crítica reciente ha tendido a sacralizarla. Quizá no sea para tanto. Sin embargo, desde mi punto de vista, nadie le puede negar que presenta, al menos, dos raras virtudes. La primera de ellas radica en que el autor logra obtener un máximo rendimiento estético y formal con una economía de medios poco común, raramente advertida, incluso, en los mejores ejemplos del género. La segunda, y a mi jucio la más importante, El Cartero llama dos veces consigue demostrar que la literatura popular puede colocarse en un plano de igualdad con otras literaturas, pretendidamente más selectas, al innovar en dos terrenos, el narrativo y el argumental, sin por ello dejar de cumplir con requisitos propios de la literatura de masas, tales como la rapidez en el planteamiento y desarrollo de la acción, lo sumario de las descripciones o la confección de retratos morales a partir de gestos y actitudes que podrían habitualmente pasar inadvertidos.

Las adaptaciones de la novela no se han limitado, como pueden ver, al cine. En 1985, Florenci Clavé realizó para Glénat esta versión de la obra de James M. Cain. En la portada, se dejan ver las influencias de la célebre escena protagonizada por Jessica Lange y Jack Nicholson en la versión de 1981, dirigida por Bob Rafelson

De su influencia en la génesis del estilo que se ha dado en llamar hard boiled, por lo explícito de algunas escenas de sexo y violencia, no voy a hablar aquí, pues casi todo está dicho y escrito. Tan sólo quisiera destacar, como ya hice en una entrada precedente, que el propio Cain renunció de manera expresa a constituirse en fundador de dicho credo. Pienso que, sabedor de la importancia de su obra, quiso a toda costa evitar -es cierto que sin mucho éxito- que ésta se convirtiera en modelo de preceptiva, con el fin de no restarle mérito a su intrínseca originalidad. En suma, no descubro nada si digo que estamos ante una novela de las que merecen ser leídas no una sino varias veces a lo largo de la vida.

 

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Cubierta de un ejemplar de The Embezzler  (“Avon Murder Mistery Monthly” nº 20, 1940

Bruguera, en nuestra querida y completísima colección tardopulp “Club del Misterio” realizó en esta ocasión un coupling con el relato El Estafador (The Embezzler), que fuera publicado por entregas en Liberty (1938) bajo el título Money and the Woman, para acompañar posteriormente (1943) a Double Indemnity en su edición bajo formato de libro. Money and the Woman fue llevada al cine en 1940 por William K. Howard, con Jeffrey Lynn y Brenda Marshall. En El Estafador el vicepresidente de un banco se presta a los enrevesados manejos de una de las empleadas de la sucursal que se halla inspeccionando, con el fin de restituir fraudulentamente el dinero estafado durante años por su marido a los sufridos impositores. Nuevamente, los amores peligrosos son el desencadenante en este relato breve de Cain, testimonio fiel de las flaquezas humanas rebosante de realismo. La cubierta del número 9 de “Club del Misterio” estuvo a cargo de Isidre Monés y las ilustraciones interiores las firma nada menos que Carlos Freixas. Puede encontrarse una breve reseña biográfica de James M. Cain en la entrada que dedicamos a su obra Al final del arco iris.

Cubierta de un ejemplar del magazine Liberty, correspondiente al año 1938, en que fue publicado por entregas el relato de Cain Money and the Woman (cortesía de Nostalgiaville).


 

Frank Chambers (John Garfield) anda sin rumbo de aquí para allá, sin un trabajo ni un destino fijo. Un día llega casualmente a un bar de carretera que ofrece un puesto de trabajo. Frank no desea aceptar la oferta del dueño, Nick Smith (Cecil Kellaway), pero cambia de idea cuando conoce a Cora (Lana Turner), su hermosa esposa.

Una de las cumbres del cine negro y la mejor adaptación realizada de la novela de James Cain, El cartero siempre llama dos veces (1946) de Tay Garnett es una intensa y oscura historia de pasiones que tiene en Lana Turner un irresistible centro de atención. Antes habían visto la luz Le dernier tournant (Pierre Chaval, 1939) y Ossessione (Luchino Visconti, 1942) y en 1981 Bob Rafelson hizo un remake con el mismo título que esta película protagonizado por Jack Nicholson y una bellísima Jessica Lange, mucho más carnal y apasionado, acorde con los nuevos tiempos.

Fiel a las normas del cine negro, El cartero siempre llama dos veces es la historia de un crimen cometido por amor pero donde los protagonistas, como marcados por un destino ineludible, no podrán disfrutar de su premio. Y es que la moral de entonces no podía permitir que Cora y Frank se salieran con la suya. El mérito del guión es que está tan perfectamente elaborado que, a pesar de que podamos desear la felicidad de ambos, comprendemos sus remordimientos, su desconfianza y su amargura, de manera que somos conscientes que no hay esperanza posible para ambos. Y es así como participamos del fatalismo que los envuelve y que también nos llega a atrapar a nosotros. Y siendo coherentes también, la muerte del bueno de Nick justifica el castigo de los culpables, aún a nuestro pesar.

Sin embargo, hay una pequeña diferencia con otros films de cine negro y es que Cora no es mujer fatal al uso. Cora no manipula a Frank fríamente, sino que ella lo ama sinceramente, de la misma manera que Frank también le corresponde. Es drama de ellos es el de dos enamorados que no encuentran el camino para vivir su amor libremente. Incluso, tras el primer intento de asesinato, fallido, ambos deciden renunciar a sus planes, sinceramente asustados y arrepentidos. Pero es de nuevo el destino el que parece no querer dejarlos tranquilos y los empuja de nuevo al crimen como única solución a una separación definitiva. Por ello, porque Cora y Frank no son malas personas en el fondo, sino dos perdedores que luchan por ser felices juntos, es por lo que es inevitable que nos pongamos de su parte. A pesar de que comprendemos su destino, no dejamos de sentir lástima por ellos.

Pero es evidente que El cartero siempre llama dos veces no sería lo mismo sin la deslumbrante presencia de una Lana Turner espectacular. A pesar del tiempo pasado y del cambio de las modas y los cánones de belleza, a pesar de lo recatada que sale a causa de la censura de la época, su atractivo y su poder de seducción son impresionantes. Su primera aparición, con el pantalón corto, es para enmarcar. Al igual que John Garfield nos quedamos boquiabiertos y comprendemos que no puede hacer otra cosa que quedarse. Casi siempre de blanco, salvo en un par de apariciones en que la vemos de negro y también bellísima, Lana Turner acapara las escenas con una presencia rotunda, llena de sensualidad y con una carga erótica impresionante. John Garfield, por su parte, no está mal, pero a su lado se queda un tanto pequeño. Puede que le faltase el carisma de otros galanes, el caso es que lo encuentro un peldaño por debajo de Lana. Cecil Kellaway, por el contrario, está perfecto como marido bonachón y un tanto inocente que, sin embargo, en un par de miradas da a entender que parte de su ignorancia es voluntaria. Y pese a su pequeño papel, el trabajo de Hume Cronyn como astuto y tramposo abogado es genial.

Excelente también me ha parecido la puesta en escena por parte de Tay Garnett, que alcanza con este film la cima de su carrera. Su puesta en escena es sobria pero muy eficaz, apoyándose en una hermosa fotografía y unos planos cerrados que concentran la atención en lo importante. Sin florituras ni adornos, su trabajo está al servicio de la historia y el resultado es notable.

Quizá se le puede achacar a la película una duración un tanto excesiva o ciertos momentos en que los diálogos no son todo lo buenos que esperábamos, pero aún así, la película no ha perdido ni un gramo de fuerza ni de intensidad. Es una hermosa y triste historia perfectamente filmada y que ha quedado como unos de los grandes hitos del cine negro clásico.