Cuervo, El

Título en castellano El cuervo (Contratado para matar)
Titulo original This gun for hire
Año de filmación 1942
Duración 80 minutos
Pais Estados Unidos
Director Frank Tuttle
Guion Albert Maltz, W.R. Burnett (Novela: Graham Greene)
Música David Buttolph
Dirección de fotografia John F. Seitz (B&N)
Reparto
Productora Paramount Pictures
Sinopsis Un matón llamado Raven es contratado para que cometa un asesinato. Sin embargo, pronto se da cuenta de que su vida está en peligro, ya que alguien pretende tenderle una trampa
Premios  
Subgénero/Temática
Melodrama, Crimen, Sicarios

 

tomado de filmaffinity

Es el largometraje más acreditado del realizador norteamericano Frank Tuttle (1892-1963). El guión, de Albert Maltz y W.R. Burnett (“La jungla de asfalto”, 1950), adapta el relato breve “A Gun for Sale” (1936), del novelista británico Graham Green (1904-91). Se rueda en escenarios reales de L.A. (CA) y en los platós de Paramount Studios (Hollywood, CA), con un presupuesto ajustado, propio de las producciones realizadas en Hollywood durante la IIGM. Producido por Richard Blumenthal para Paramount, se estrena el 13-V-1942 (EEUU).

La acción dramática tiene lugar en San Francisco y L.A. (CA) a lo largo de unos días de marzo/abril de 1942. Philip Raven (Ladd), matón de alquiler, es contratado por Willard “Will” Gates (Cregar), tenebroso empresario de la sala de fiestas “Neptune Club” de L.A., para asesinar a Alfred Baker (Ferguson), chantajista de San Francisco. En el viaje de regreso a L.A. conoce a la joven Ellen Green (Lake). Philip, de nervios templados y sangre fría, no tiene amigos y no se fía de nadie. Presta servicios de matón de alquiler. Tras su hieratismo y su seriedad, oculta antiguos traumas y años de reformatorio. De trato distante y cauteloso, es cariñoso sólo con los gatos. Will es autoritario, egoísta, corrupto y glotón. Colabora con la dirección de la empresa “Nitroquímica” en negocios turbios. Ellen es guapa y atractiva. Trabaja como cantante e ilusionista de cabaret.

El film suma cine negro, crimen, acción, suspense y thriller. Es una obra imprescindible de cine negro americano clásico. Algunos ponen objeciones a su atribución a este género, alegando la inexistencia de una mujer fatal y de algún policía corrupto. Con todo, reúne las características propias del género: el personaje protagonista es un criminal atormentado, oscuro y amoral. Los personajes que mueven la acción son traicioneros, desleales y corruptos. Sus motivaciones son sórdidas. Abundan los ambientes nocturnos, lluviosos y húmedos, así como las localizaciones subterráneas y fantasmagóricas, claustrofóbicas y opresivas. La fotografía se presenta estilizada, con predominio de sombras y escenarios inquietantes. La música ofrece composiciones jazzísticas.

Destaca la singular personalidad del protagonista, un hombre hermético, huraño, de pocas palabras y solitario, que no ríe nunca y a través del rostro no refleja ninguna emoción. En él se inspiran personajes posteriores tan recordados como Jeff Costelo de “El silencio de un hombre (El samurai)” (Melville, 1967), Corey de “Círculo rojo” (Melville, 1970), León de “El profesional” (Besson, 1994), Ghost Dog de “Ghost Dog: el camino del samurai” (Jarmush, 1999) y, en clave cómica, Ralph Milan de “El embrollón” (Molinaro, 1973) y otros. La extraña afición de Philip Raven a los gatos tiene continuidad a través de personajes como el corso Mattei de “Círculo rojo” (Melville) y otros.


7 películas coprotagonizadas hicieron de la pareja Ladd-Lake una de las más afamadas de Hollywood. Sinceramente creo que vale la pena revisarlas especialmente si, como en este caso, el guión de Albert Maltz (uno de los diez escritores en la lista negra maccartiana) se basa en una cuento de Graham Greene, muy bien trabajado por Maltz y con una fotografía excelente “cine negro en estado puro” de John F. Seitz, habitual de Billy Wilder con quien trabajó y fue nominado en Perdición, Días sin huella y en la excelente Sunset Boulevard.

El cuervo es cine negro en subgénero psicológico. Desde la escena inicial se atisba la complejidad de los personajes, especialmente Raven (Alan Ladd) quien demuestra un loable interés por los gatos al tiempo que destila inmutabilidad y sangre fría ante un asesinato, intuyéndose además un conflicto interno muy relacionado con el sexo femenino. No terminan ahí los tintes psicológico-psiquiátricos. Willard Gates (Laird Cregar) no tarda en derrumbar toda su enormidad física ante el miedo a la venganza de Raven, Y algo similar cabe decir del sadismo y falta de escrúpulos de su chofer, asistente y guardaespaldas, Tommy (Marc Lawrence).

La psicología resulta ser una virtud en una película como esta, pero, como suele suceder, las virtudes suelen ir acompañadas de algún que otro pecado, venial eso sí, y así sucede que no todos los actores resultan creíbles en los terrenos freudianos. Perkins en Psicosis nos dio una lección positiva en este aspecto, pero Cregar exagera las notas y Ladd está muchísimo más a gusto en su papel hierático que en los momentos de íntimas confesiones. Claro que, bien mirado, la locura representada de forma coherente sería una birria de locura. Pero, y creo me entienden, hay algunas secuencias donde todo parece ficticio y falto de credibilidad. 

Estos pecadillos y encima veniales no enturbian un film de visión obligada que se presta a debates de muchas índoles, incluso a comparaciones con la saga Bond (véase el bolígrafo pistola del industrial químico) y donde Verónica Lake consigue cautivarnos como hermosísima artista de variedades, cantante, ilusionista y mujer fatal pero de las buenas, muy buenas, en el fondo y en las formas. Por su parte Ladd perfecto y en su línea de idénticas seriedades similar a la que nos mostró en La llave de cristal también con Miss Lake.

Se dice que una de las razones para trabajar juntos era su igualdad de pequeñas tallas. Curiosity.


tomado de elgabinetedeldoctormabuse

Philip Raven es un asesino a sueldo que mata a un químico en cuyo poder tenía una fórmula que utilizaba como medio de chantaje. El mediador entre él y el cliente final es Willard Gates, quien trabaja para una corporación de productos químicos y le paga con dinero marcado para denunciarle a la policía. Una vez descubre la traición, Raven sigue a Gates para descubrir quién está detrás de todo ese entramado. Por el camino se cruzará con una cantante de clubs nocturnos, Ellen, que ha sido casualmente contratada por Gates para un local propio.

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Dentro de las innumerables obras de cine negro que se realizaron durante los años 40, El Cuervo (1942) posee algunas particularidades que la dotan de interés especial. De entrada, esa ambivalencia de buenos-malos típica del género aquí se lleva al extremo al tener como protagonista a un asesino a sueldo, a quien en la primera escena vemos matar no solo a un chantajista sino a su amante, inocente a todo lo que está sucediendo.

En ese sentido, resulta curiosamente acertada la elección de un actor tan limitado como Alan Ladd, cuya pose impertérrita no solo no es un problema sino que encaja con la personalidad de ese sicario que simplemente se dedica a llevar a cabo su trabajo.

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Otro aspecto no menos interesante es que en El Cuervo nos ahorramos la típica historia de amor: Ellen ya está felizmente emparejada y lo que surge entre él y Raven es una relación de amistad. Puede parecer extraño al espectador que esperara un tórrido romance entre ambos – de hecho, Alan Ladd y Veronica Lake funcionaban tan bien como pareja que repitieron en tres películas juntos – pero personalmente me parece un pequeño gran cambio de aires que le da cierta singularidad a la película y que nos ahorra la a veces rutinaria historia de amor – aunque no los inevitables números musicales, que la propia Lake interpreta con muy poco convencimiento.

El tramo final de la película enlaza la trama criminal sorprendentemente hacia una realidad de aquellos tiempos, la II Guerra Mundial, al ser unos espías japoneses aquellos a los que se intenta vender la peligrosa fórmula química. En ese aspecto resultan mucho más carismáticos los dos antagonistas que la pareja protagonista: Laird Cregar, a quien luego veríamos bordando otros papeles como el de Jack el Destripador (1944), representa el clásico antagonista cobarde y empalagosamente elegante y refinado; mientras que su jefe, el poderoso jefe de la corporación, abre las puertas hacia una nueva tendencia de antagonistas: hombres físicamente decrépitos (en silla de ruedas, casi sin voz) que no obstante ostentan un gran poder y una enorme malicia.
Por otro lado merece comentarse el desenlace, que quizá prefieran desconocer, en cuyo caso les recomendamos saltarse el último párrafo.

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Un nuevo detalle a remarcar de su protagonista respecto al que esperaríamos que fuera su rol es el hecho de que fallezca sin redención. En el tramo final mata a alguien tan inofensivo y cobarde como Gates en vez de entregarlo a la policía y, en última instancia, muere defendiéndose a tiros. Aunque el plano final intente contradecir esa idea, Raven fallece sin arrepentirse de su vida, matando hasta el último momento e incluso traicionando la promesa que le había hecho previamente a Ellen. Puede que haya matado y muerto por una causa noble, pero no puedo evitar pensar que es mera casualidad, y que lo a que él le importaba era acabar con los hombres que le habían engañado.

En ese aspecto, El Cuervo es uno de los clásicos más ambiguos moralmente de la época, y necesita de la pareja de Ellen y el detective de policía para encontrar un punto de apoyo para el espectador, puesto que su protagonista sigue siendo un criminal hasta el último momento.

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tomado de solaris

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El cuervo al que alude el título de esta magnífica obra, ‘El cuervo’ (1943), de Henri-Georges Clouzot, no tiene que ver con la obra de Poe ni con el asesino a sueldo que interpreta Alan Ladd en la obra de mismo título dirigida por Frank Tuttle un año antes. Es el sobrenombre con el que se firma una serie de anónimos que pone en jacque a todo un pequeño pueblo francés, sea de modo tendencioso o entresacando las verguenzas de sus habitantes.Un envolvente travelling recorre uno los espacios del pueblo,hasta una verja que se abre, a través de la que se ve el campanario de la iglesia. Esa es la ‘verja’ (que hasta rechina) que abre Clouzot, el cual narra con mano maestra el descarnado retrato de las miserias no sólo de estos habitantes, sino que se amplifica, primero, porque se rueda durante la ocupación alemana, y segundo, a la misma condición humana, proclive tanto a la ocultación de lo que consideran reprobable, al cuidado de su imagen (ese campanario emblema de las buenas costumbres, de una supuesta moral límpida) como a la estigmatización del otro (en cuanto creen que las sospechas sobre una de las mujeres son fundadas, se lanzan como una ciega turbamulta para lincharla). Cáustico es el detalle, tras que esa mujer haya sido detenida, de que una de esas notas anónimas caiga desde lo alto de la iglesia cuando todo el pueblo asiste a una misa. 
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Clouzot trenza con suma habilidad, y una proverbial fluidez, el retrato de una amplia diversidad de personajes, en los cuáles, paradojicamente, esa amenaza de lo que los anónimos revelan o vituperan sin fundamento, propulsa los deseos u odios contenidos hacia otros personajes. Entre éstos destaca el médico Germain (Pierre Fresnay), el primero que sufre esos infundios por supuesta práctica abortistas. El personaje más plausible para recibir esos vituperios y hasta sospechas, ya que es casi un recién llegado, el extraño, de pasado misterioso ( que él desvela en un momento dado con la rabia de la indignación ante tanta mezquindad: todo otro mordaz detalle que antes fuera un cirujano cerebral), que es admirado pero poco apreciado ( por su poco sentido gremial y por ser escasamente complaciente con las componendas sociales), y además foco de deseo de varias mujeres, entre ellas una enferma ‘imaginaria’, Denise (Ginette Lecherq), que busca con sus auscultaciones que pueda materializarse lo que desea, o Laura (Micheline Francey), esposa del mordaz doctor Averquet (Pierre Larquey), hacia la que Fresnay también se siente atraido, y sobre quienes se centran los primeros anónimos (sobre su supuesto romance: ironía, los anónimos impiden lo que se estaba gestando, pero ambos contenían).
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La misma Denise será sospechosa ya sólo por su cojera, que disimula con sus zapatos especiales, porque parece encajar en el perfil de alguien frustrado que puede autoafirmarse poniendo en evidencia a los demás. Curiosamente, se mostrará despechada cuando Germain, que se dejó seducir una noche, porque sólo buscaba paz y se encontraba turbado por la emponzoñada atmósfera creada por los anónimos, le diga claramente que no pretende que la relación vaya más allá. 
Hay situaciones esplendidas como cuando reunen en una escuela a los principales sospechosos, durante largas horas, dictándoles todos los anónimos, para identificar la grafía. O personajes como el de la niña que con sus embustes consigue que le den dinero. O la complejidad de un personaje como Germain, empecinado en descubrir quién puede ser El cuervo, ofuscado por las sospechas, ya que, apunte mordaz, tantos pueden ser los que por un motivo u otro es factible que puedan ser capaz de algo así. 
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Una obra de una sobriedad lacerante, opresiva, que evita cualquier mecanismo de identificación con los personajes, para propiciar una afinada mirada de conjunto, una implacable y cruda visión de las miserias humanas, con una hermosa imagen final de justicia poética de hálito fúnebre.‎’El cuervo’ (Le corbeau, 1943), es una obra maestra de Henri-Georges clouzot, que levantó ampollas con su estreno, ya que fue estigmatizada tanto por los que apoyaban a los alemanes como por los que luchaban por liberar Francia. De hecho, se le impidió a Clouzot volver a rodar durante varios años, hasta que un grupo de intelectuales logró que se le permitiera seguir haciendo cine. Refleja la falta de complacencia de esta película que es inclemente en el retrato de una comunidad crispada, entre la conveniente ocultación y la paranoia de la sospecha. No hay piedad en su retrato de sus mezquindades. En el venidero cine de Chabrol o Tavernier podemos encontrar ecos de esta extraordinaria obra.