Ciudad desnuda

Título en castellano Ciudad desnuda
Titulo original The naked city
Año de filmación 1948
Duración 96 minutos
Pais Estados Unidos
Director Jules Dassin
Guion Albert Maltz, Malvin Wald (Historia: Malvin Wald )
Música Miklós Rózsa, Frank Skinner
Dirección de fotografia William H. Daniels (B&W)
Reparto
Productora Universal International Pictures (UPI)
Sinopsis Una calurosa madrugada neoyorkina, la modelo Jean Baxter es asesinada a sangre fría. El teniente de homicidios Daniel Muldoon (Barry Fitzgerald) se hace cargo del caso con la ayuda de un joven y competente detective, Jimmy Halloran (Don Taylor). Mientras los policías tratan de desentrañar los motivos que condujeron a la muerte de la chica y de encontrar a su asesino, la vida cotidiana sigue como si tal cosa en el corazón de la populosa urbe
Premios
1948: 2 Oscars: Mejor fotografía B/N, Montaje. 3 nominaciones
1948: Premios BAFTA: Nominada a Mejor película
1948: Sindicato de Guionistas (WGA): Nominada a Mejor guión drama
Subgénero/Temática
Crimen, Policiaco

tomado de filmaffinity

Notable film de cine negro realizado por Jules Dassin (1911-2008) (“Noche en la ciudad”, 1950). El guión, de Albert Maltz y Malvin Wald, desarrolla un argumento original de Malvin Wald. Se rueda en escenarios naturales de exterior e interior de NYC (Roxy Theater, Universal Building, Roosevelt Hospital, City Morgue, Williamsburg Bridge, etc.). Nominado a 3 Oscar, gana 2 (fotografía y montaje). Producido por Mark Hellinger (“Fuerza bruta”, 1947) para Universal, se estrena el 4-II-1948 (NYC).

La acción dramática tiene lugar en NYC a lo largo de 2 días del verano de 1947. La modelo Jean Dexter, nacida Mely Batory, de origen polaco, aparece asesinada en el baño de su apartamento. El veterano detective Dan Muldoon (Fritzgerald) y su ayudante Jimmy Halloran (Taylor), junto con otros policías, realizan la investigación. Dan lleva 22 años de servicio en el cuerpo y Jimmy sólo 3 meses. Dan es astuto, experto y eficaz. Jimmy es novato, inexperto y voluntarioso.

El film suma crimen, cine negro, misterio, drama y thriller. Rodado en estilo documentalista, muestra con complacencia la ciudad, sus edificios, sus calles y sus habitantes. Como explicó el realizador, el film constituye un intento de combinar un relato de cine negro con el uso de la estética neorrealista que se pone de moda en Europa tras la IIGM. De ahí que el rodaje se haga en escenarios reales, en situaciones reales y situando los actores junto a los ciudadanos. Trata de combinar el relato principal con escenas tomadas de la vida cotidiana real (empujones en el metro en horas punta, tránsito de peatones y vehículos por las calles, sesión de un gimnasio, club de pistas de tenis…). Los personajes, incluidos los principales, son seres humanos normales, corrientes, creíbles y próximos, con los que el espectador se identifica fácilmente.

La descripción de la investigación se desarrolla con minuciosidad, rigor y coherencia. Se muestra su desarrollo paso a paso, detalle a detallle. Con la ayuda del misterio que envuelve la autoría del crimen y los peligros que corren los protagonistas en su labor de identificación y localización de los responsables, se crea una atmósfera de tensión que atrapa al espectador hasta introducirlo en el vigoroso crescendo dramático del último tercio de la cinta. Es uno de los grandes trabajos de Dassin, realizado poco antes de su marcha de EEUU a raíz de la infausta “caza de brujas”, del senador Joseph McCarthy.


Imperfecta y hermosa, desequilibrada y genial, “La ciudad desnuda” se revela como una obra fundamental en la filmografía del director, y también dentro del género, tanto por las novedades que aporta como por las influencias que asume.

Digo que es imperfecta y desequilibrada porque el argumento tiene poco peso en comparación con el marco en el que se desarrolla; es más, el verdadero argumento es el marco, esa ciudad impresionante, hermosa y terrible a un tiempo, que encarna la vida y la muerte de los que la habitan. Nueva York es la estrella del filme, la diva, y está tan maravillosamente fotografiada por William Daniels como lo estaría cualquier estrella femenina (de hecho Daniels era el director de fotografía predilecto de Greta Garbo, que estipulaba su presencia obligatoria en las películas en las que intervenía). La ciudad es la protagonista, pero cumple el rol de la mujer fatal, atractiva y destructora, capaz de engullir a los que la frecuentan, revelando así su cara más siniestra, aspecto que Dassin mantendrá en sus posteriores realizaciones como “Mercado de ladrones”, “Noche en la ciudad” y “Rififí” (sus mejores obras, en las que las ciudades cumplen el mismo papel que en el presente filme). 

Otro aspecto cuestionable es el empleo, un tanto abusivo, de la voz en off, especialmente en el inicio de la película, que formalmente es espléndido. En mi opinión las imágenes de la ciudad hablan por sí solas, no necesitan acompañamiento ni aclaraciones. Debe señalarse también que las ambiciones sociales de la película quedaron cercenadas por el estudio, que cortó gran parte de la cinta, impidiendo que Dassin mostrara plenamente su vena neorrealista, lo que desequilibra un poco el conjunto final.

Pero todas estas posibles debilidades palidecen ante las virtudes de una película maravillosamente filmada, que capta como pocas el pulso de la vida urbana; cuando veía el comienzo, con esos planos aéreos de Nueva York, inicialmente diurnos y después nocturnos, resultaba imposible no asociarlos al arranque de “Manhattan”, al igual que un hermoso plano, tomado junto al puente, que remite a otro plano memorable de la citada obra de Allen. Las escenas urbanas beben de las fotografías de Arthur Fellig, célebre por sus reportajes asociados a crímenes y cuya vida se llevó al cine en la interesante “El ojo público”; sin ir más lejos, el título de la película es el de un libro de fotografías que publicó dicho fotógrafo en 1945. Hay también cierto influjo de una obra documental mítica, como es “Berlín, sinfonía de una ciudad” de Ruttmann, y de algunos pintores norteamericanos de principios de siglo (en el comienzo, de un expresionismo brillante, hay un plano nocturno de un tren elevado que recuerda poderosamente al cuadro “Six o’clock, winter” de John Sloan). Igualmente, la relevancia que se concede a la arquitectura urbana, recuerda a algunas obras del expresionismo alemán, como Metrópolis (aunque en ella la arquitectura fuera puro decorado).


tomado de elgabinetedeldoctormabuse

Después de la II Guerra Mundial surgieron en Estados Unidos una serie de jóvenes cineastas de izquierdas que quedaron profundamente impactados por algunas de las películas que provenían de Europa y que proponían una forma de hacer cine diferente. Eran obras sin artificios, directas y comprometidas socialmente, algo que contrastaba con lo que ofrecía el cine del sistema de estudios de Hollywood. Cada uno de estos cineastas norteamericanos asimilaría a su manera esas influencias pero todos tenían un propósito común: intentar desmarcarse del prototipo de película hollywoodiense. Estamos hablando en concreto de directores como Elia Kazan, Robert Rossen, Joseph Losey o Jules Dassin, quienes desgraciadamente sufrieron en sus carnes la persecución de la caza de brujas por sus simpatías izquierdistas truncando sus carreras y obligándoles a emigrar a Europa (Dassin y Losey) o a delatar a sus compañeros para salvarse (Kazan).

En el caso de Jules Dassin la película más interesante de su etapa americana se trata de La Ciudad Desnuda. Dicho film argumentalmente no tiene nada especial: Jean Dexter, una joven modelo es asesinada en la ciudad de Nueva York y el veterano detective Dan Muldoon se encarga del caso junto al aún inexperto Jimmy Halloran. Lo interesante está en que Dassin propone un tratamiento casi documental a la historia. Contrastando con la violencia o el expresionismo del cine negro, que era el gran género criminal de la época, Dassin opta por despojar a la historia de artificios y contarla tal cual con el máximo realismo posible. Para ello su equipo de filmación hizo algo que por entonces era todavía muy raro: rodar la película en exteriores, en las bulliciosas calles de la ciudad de Nueva York.

Como se trataba de una práctica poco habitual, el rodaje implicaba diversos problemas como desenvolverse con la luz natural a la hora de fotografiar el film sin ayuda de focos (dificultad que consiguió solventar el director de fotografía William H. Daniels con tan magníficos resultados que le reportaron un Oscar) o rodar con los actores sin que la gente se diera cuenta de la presencia de las cámaras (para ello utilizaron todo tipo de artimañas como esconder las cámaras mientras rodaban o contratar a malabaristas y artistas callejeros para que llamaran la atención de la gente mientras el equipo rodaba una escena).

Vista hoy en día, cuando la estética realista en el cine no solo no es una novedad sino que ha sido llevada a cabo por cientos de cineastas hasta extremos que hacen difícil distinguir entre ficción y documental, la propuesta de La Ciudad Desnuda de contar una historia con absoluto realismo puede ser vista incluso como algo naif. Pero aún así, la idea era muy innovadora para la época, y más tratándose de una película para un gran estudio de Hollywood, y aunque la historia está convenientemente dramatizada, Dassin se mantiene fiel a su voluntad realista en todo momento. Eso es algo que se nota mucho en la investigación policíaca, que remarca mucho los elementos más rutinarios y aburridos por los que tienen que pasar los detectives y que obviamente siempre quedan fuera de las películas del género por ser de escaso interés dramático, como la búsqueda de la joyería en que se compró el anillo de la víctima o de la casa del sospechoso en su barrio. También se resaltan pequeños momentos que se excluyen de este tipo de films pero que entran en la rutina diaria de la policía como el tener que lidiar con locos que quieren atribuirse la autoría del crimen o que creen tener una posible solución al misterio, así como la triste escena en que los padres deben identificar el cadáver, un momento inusitadamente crudo y dramático.

De hecho, apenas hay escenas de suspense al uso con tiroteos salvo en el final, y aún así, pese a que el desenlace tiene mucho suspense, no se destaca como sería habitual a ninguno de los protagonistas como el héroe que consigue atrapar al criminal, sino que el desenlace es más prosaico. Es una película que enfatiza mucho más los puntos muertos de la investigación que las escenas de acción, y uno de los grandes méritos a resaltar es cómo Dassin consigue mantener ese enfoque sin que el film resulte aburrido en ningún momento, es decir, crear un film que por un lado sea fiel a su intención realista y, al mismo tiempo, cubra la necesidad de mantener el ritmo sin que se haga lento, una necesidad que se veía obligado a cumplir al ser un film de Hollywood. Por ello, aunque se han hecho posteriormente películas mucho más rigurosamente realistas, este film tiene el mérito de poder situarse en ambos bandos y satisfacer dos necesidades casi contrarias.

Otro elemento fundamental que contribuye a fomentar su realismo es la voz en off de un narrador (interpretada por Mark Hellinger, productor del film), que describe la vida cotidiana de Nueva York y sus pequeños detalles del día a día. Porque más que una historia criminal, La Ciudad Desnuda es un homenaje a la ciudad de Nueva York y sus habitantes. La historia nos es presentada ni más ni menos como una de las muchas que suceden cada día y sus protagonistas no son más que unos entre los ocho millones de habitantes de la ciudad. De este modo se hace énfasis en que no se está explicando nada excepcional sino simplemente relatar la vida diaria de personas normales, aunque obviamente en el futuro otros cineastas llevarían esta idea más lejos  – por ejemplo, Dassin no podría haber dedicado hora y media de película a la vida diaria de un un oficinista siendo tan riguroso, ya que resulta menos emocionante. El final del film muestra cómo al acabar la investigación Jean Dexter, que había ocupado las portadas de la prensa por un par de días, pasa entonces a ser otro personaje olvidado no solo por los lectores sino por los policías, que se involucrarán en otro nuevo caso. Ella no es más que otra más de los muchos neoyorkinos que hemos visto pasando por la pantalla a lo largo de la película quienes a su vez viven sus pequeños dramas cotidianos.

Como último detalle, resulta también muy conveniente que el film cuente con un reparto de actores poco célebres, puesto que un rostro conocido rompería con la ilusión de realismo que se busca. La única excepción es el excelente y carismático Barry Fitzgerald como Detective Muldoon, pero aún así se trataba más de un rostro familiar (sobre todo por sus papeles en film de John Ford o el por entonces reciente éxito Siguiendo mi Camino) que de una estrella, y su interpretación resulta inteligentemente comedida pero sin dejar de aportar su personalidad.

Ya sea como película policíaca o como primer intento de hacer un veraz retrato de la ciudad de Nueva York, se trata sin duda de una película más que interesante.


'La Ciudad Desnuda', el realismo de Jules Dassin

Jules Dassin es un director clásico todavía vivo, que en los años 40 tuvo que venirse a Europa, por estar perseguido en la famosa Caza de Brujas. Dassin pasará a la historia por haber dirigido las impresionantes e imprescindibles ‘Noche en la Ciudad’ y ‘Rififi’ (a ver quién se marca hoy día una secuencia de un robo de 40 minutos sin diálogos, y con una tensión pocas veces vista en una pantalla).

‘La Ciudad Desnuda’ fue realizada dos años antes de la película protagonizada por Richard Widmark y Gene Tierney, y tiene la peculiaridad de estar rodada en escenarios naturales, concretamente la ciudad de Nueva York, con sus calles y apartamentos. Ni una sola secuencia fue rodada en estudio para lograr el efecto deseado. De esta forma se contribuía el realismo imperante a finales de los 40 y principios de los 50 en el cine americano. Algo parecido ya había realizado Henry Hathaway en la correcta ‘La Casa de la Calle 92’, aunque en aquel caso no era en su totalidad.

La película es un thriller en la mejor tradición del género, en el que se nos narra la investigación en un caso de asesinato de una mujer en su apartamento. Los dos policías encargados del caso revolverán cielo y tierra para dar con el culpable.

‘La Ciudad Desnuda’ podría considerarse en cierta medida una precursora de ‘Noche en la Ciudad’, en cuanto a la utilización del escenario se refiere, ya que temáticamente van por caminos muy distintos, aunque las dos sean thrillers. La ciudad, en aquélla Londres, aquí Nueva York, vuelve a ser la protagonista testigo de todo. Dassin filma por sus calles escondidas y oscuras, por sus apartamentos pequeños, por sus rincones, ofreciéndonos el retrato de unos personajes normales y corrientes, enfrascados en un caso de asesinato. La precisión con la que las escenas están realizadas obtuvo su merecida compensación, ya que la película ganó los Oscars a la mejor fotografía, obra de William Daniels, quien hizo la fotografía en multitud de películas, como por ejemplo ‘Mata Hari’ o ‘Winchester 73’, y al mejor montaje, obra de Paul Weatherwax, que volvería a recibir una estatuilla años más tarde por su trabajo en ‘La Vuelta al Mundo en 80 Días’. Conjuntados sabiamente, estos dos elementos, ayudan a una puesta en escena por parte de Dassin de las que no se olvidan, logrando meter al espectador en la historia con una facilidad asombrosa.

Argumentalmente puede que tenga algunas cosas que no terminan de funcionar, como la presencia de cierto personaje al que pillan siempre en mentiras, pero no sólo una vez sino varias, con lo que termina despistando un poco e incluso parece que está hecho de coña. También puede que haya un pequeño bajón de ritmo a la mitad de la película, pero que termina recuperándose de forma increíble en su tercio final, cuando la identidad del asesino ya ha sido descubierta y la película se convierte en una persecución llena de tensión y con un clímax perfecto.

En el apartado interpretativo tenemos al entrañable Barry Fiztgerald, como el teniente de policía encargado del caso, logrando un personaje muy creíble y sobre todo muy cercano, ya que Fitzgerald era uno de esos maravillosos actores que con sus interpretaciones nos acercaban a unos personajes que tranquilamente podían ser nuestros vecinos. A su lado, y evidentemente para compensar y ceder algo ante el público, le ponen a un actor bastante más atractivo, Don Taylor, aunque un poco más sosete. Con ellos a la cabeza, el reparto consigue fundirse con el realismo del film.

Una buena película, que descubre a Dassin como un verdadero maestro del género. Como nota informativa decir que el inicio del film es verdaderamente curioso, con la voz en off de uno de los productores, Mark Hellinger, fallecido antes de que la película se estrenase, y que nos avisa de lo que vamos a ver. ‘La Ciudad Desnuda’no está editada en dvd en nuestro país, para desgracia de algunos.


tomado de neokunst

La voz en off (se trata de Mark Hellinger, que como él mismo nos contará, se trata del productor de la película) con la que introduce Jules Dassin en su película, La ciudad Desnuda (1948), nos da una gran información acerca del proyecto, y sobre todo del enfoque con el que el director va a acometer la película. La voz en off nos presenta la ciudad de Nueva York, y nos da una serie de datos interesantes. Para empezar, habla de la propia calidad metacinematográfica (Hellinger nos dice quienes son los guionistas y el director de la obra), y nos deja muy claro que lo que el espectador va a ver es claramente una representación de un hecho criminal, es decir, una película y por tanto ficción. Por otra parte se nos indica que la película no está rodada en estudios, sino que se aprovechan los propios lugares de la ciudad para el rodaje del film.

Este inicio de la película, realizado en plena madrugada (vemos las primeras luces del alba), contrasta con el final del film, que termina con la puesta del sol. Evidentemente hay más de un día de separación entre los hechos que se nos muestran en la película, pero siempre queda patente esta idea de unidad de tiempo, que queda bien reflejada con el final de la película. A su vez, este final es una reflexiva manera que tiene el film para contarnos que lo que el espectador ha contemplado en la película sólo ha sido un caso más, que no tiene nada de especial (como veremos, la desmitifiación es un objetivo principal de la película). Lo que ha sucedido hoy, es sólo un día más para las atareadas jornadas que suceden en las comisarías de policías norteamericanas.

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La ciudad desnuda no es una película más. Esta voluntad de separación de las películas de cine negro habituales la podemos encontrar en su misma estética. No es casualidad el término Noir, empleado para calificar muchas de estas producciones. Sin embargo, La ciudad desnuda no utiliza en  ningún momento la misma estética que las películas del género negro. Uno no puede dejar de recordar las maravillosas sombras y claroscuros que acompañan las más famosas películas cumbres del género, como Perdición (1944) de Billy Wilder y contrastarla con la potencia lumínica que envuelve a La ciudad desnuda. En nuestra película no encontramos sigilosas secuencias de asesinatos y de hecho el único intento de homicidio que vemos en la película aparece frustrado y no llegamos a verlo de manera completa.  Tampoco encontramos conversaciones de teléfono o de grupos criminales mientras el humo del tabaco envuelve poderosamente la acción, sino que grandes secuencias del film se suceden a plena luz del día y con gran multitud de gente en medio de las calles. Por ejemplo, la mítica secuencia final de la película, en la que el culpable criminal huye a toda prisa de la policía, mientras esta la persigue y mientras tanto podemos comprobar la cotidianidad de la ciudad, que se mueve entre sus millares de habitantes que realizan las tareas más habituales. Dassin silencia sus voces mientras los vemos gesticular y hablar, porque lo importante para la película son nuestros personajes principales, y en este sentido podríamos volver a remarcar el efecto de la voz en off, que actúa como un investigador más, sólo que también introduce notas irónicas, como una especie de narrador omnisciente que sabe lo que va a pasar, pero que no por ello deja de contarlo con una sutilidad genial, como de perro de presa que ya lo sabe todo, no por diablo sino por viejo.

El naturalismo, casi documental podríamos incluso decir, es la tónica dominante de la película. Jules Dassin intenta alejarse de las películas habituales del cine negro para lograr una recreación verista de un crimen. No hay un guión enrevesado, basado en los continuos cambios de perspectivas, como pudiera ser el sueño eterno (1946), sino todo lo contrario. Los intereses de Dassin pasan por la reconstrucción milimétrica de lo que sería unos casos policiales en el año 1948, incluidos los momentos menos decorosos e incluso entretenidos de cara al cinematógrafo. No es casualidad que el guión introduzca pistas falsas, que no llevan a ninguna parte, pero que resultan lo habitual en una investigación auténtica (como podría ser el testigo de la loca, las múltiples investigaciones tediosas que nos llevan de tienda en tienda etc…).

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Pudiera ser que Dassin se dejará influir por el neorrealismo italiano, o que intentara dotar a su película una pátina de este, aunque afirmar que La ciudad desnuda es una película neorrealista es llegar obviamente al extremo. La imitación se queda en lo anecdótico y en lo superficial del tema. No olvidemos que el neorrealismo era visto por muchos cineastas como si una identificación de la misma Italia se tratara (pese a que en la propia Italia el neorrealismo nunca tuviera un éxito en taquilla brutal, excepto en algunos casos contados), así como una manera prestigiosa de realizar cine.


tomado de cinemaldito

La ciudad desnuda

El cine de le época dorada de Hollywood, es decir el producido en masa por las ricas compañías cinematográficas en los años treinta y cuarenta, poseía como rasgo característico marcado a fuego en sus manuales de estilo el hecho de ubicar los escenarios en los que se desarrollaban sus historias entre las cuatro paredes que marcaban el territorio de los estudios de rodaje de las grandes productoras. Daba igual que la epopeya se asentara en unas esclavistas plantaciones de algodón durante la Guerra de Secesión americana o en los bajos fondos de cualquier ciudad americana, o que se ambientase en un opresivo barco mercante dirigido con métodos dictatoriales por un atormentado capitán de navío o incluso que situase la acción en un decadente café localizado en la ciudad de Casablanca regentado por un escéptico romántico que no paraba de repetir a Sam que la tocase otra vez (la canción, entiéndase). Los innovadores escenarios así como el artístico diseño de producción elaborado con mano maestra por los prestigiosos técnicos de Hollywood enmascaraban con su impostada atmósfera el hecho de que las calles y barrios fotografiados en las viejas películas eran en realidad esbozos de cartón piedra carentes del alma y los olores que ostentaban los escenarios naturales.

Si bien en Norteamérica triunfaba el cine de estudio, en Europa debido a la escasez de medios que imperaba en la época de post-guerra, los directores optaron por sacar la cámara a las calles y rodar por tanto en escenarios reales. Así, el cine neorrealista italiano marcó un punto de inflexión que señaló a partir de entonces el camino a seguir por los nuevos autores que surgieron en los años cuarenta. Este ejercicio de estilo no sólo dejó sentir su influencia en el Viejo Continente, sino que los nuevos e inquietos autores americanos que germinaron su arte durante la II Guerra Mundial comenzaron a abrazar esta forma más realista de plasmar la irreal realidad que es el cine.

En EEUU el cine negro fue sin duda el reflejo especular del cine neorrealista italiano. Los autores especializados en el género noir básicamente empleaban una trama de suspense e intriga para sacar a la luz las miserias e inmundicias presentes en el sistema. La tradicional bondad y solidaridad comunitaria daba paso a una creciente deshumanización radicada en las grandes ciudades, hogar tanto de entrañables familias como de extraños personajes que se veían atrapados por el voraz apetito urbano, que engullía con insaciable hambre el alma de los ciudadanos, dando lugar de este modo a una serie de individuos desalmados e incontrolables que ponían en peligro la estabilidad de la sociedad.

La ciudad desnuda

Partiendo de esta base, un joven Jules Dassin dirigió a finales de los años 40 una de esas películas que marcaron época en el cine en EEUU. Producida por una Major como la Universal Pictures, Dassin unió su talento con el del productor Mark Hellinger para dar a luz una obra que se desmarcaba profundamente del cine clásico de Hollywood para abrazar el realismo que brotaba de las cintas europeas. Porque La ciudad desnuda es, ante todo, un fresco de incalculable valor etnológico que muestra la realidad cotidiana de la ciudad de Nueva York de los cuarenta, sustentando esta pretensión principal con el revestimiento de una intriga policial «hard-boiled».

Ya desde la primera secuencia, una magnética toma en helicóptero que muestra los impresionantes rascacielos de la isla de Manhattan, la voz en off de Mark Hellinger (que además de productor hizo las veces de narrador omnisciente con una presencia continua y para nada molesta a lo largo del metraje del film con objeto de dar linealidad a la historia policial, así como para describir las costumbres enraizadas en lo más profundo de la sociedad urbana de aquellos años) lanza una declaración de intenciones al desmarcar el film del resto de producciones de la época, remarcando el hecho de que todos los escenarios fotografiados a lo largo del film no fueron rodados en estudio, sino que se ubican en las verídicas calles y vetustos edificios neoyorquinos.

La ciudad de Nueva York, de este modo se convertirá en el principal protagonista del film, resaltado este carácter por el hecho de que Dassin optó por no contratar a una estrella luminaria para protagonizar su película, siendo el único actor de facciones conocidas a nivel popular el gran Barry Fitzgerald (el amigo borrachín de John Wayne en El hombre tranquilo). La metrópolis es retratada en todo su esplendor, rebosante de vida como un ente extraño y curioso que devora con sus amenazantes fauces a los moradores más débiles, un sujeto sin substancia que edifica un pequeño paraíso para aquellos que sepan disfrutar de sus misterios ocultos, pero que cimienta igualmente un infierno en la tierra para los enfermos de soledad y afecto humano.

La ciudad desnuda

Así, la cámara de Dassin recorrerá con modernos travellings las calles plagadas de gente transitando sin descanso por las aceras, a niños jugando con el agua desprendida de las bocas de riesgo o saltando a la comba en medio de la calzada, a médicos atrapados en una red de engaños por haber dejado aflorar sus instintos más primarios o a los desquiciados ciudadanos aprisionados en asfixiantes vagones de metro y en viejos autobuses interurbanos. Igualmente Dassin no dudará en mostrar a policías pateando las calles en busca de cualquier pista que ayude a esclarecer el caso más oscuro, y todo ello empleando el sano recurso de entremezclar a los actores con la muchedumbre sirviéndose para conseguir este halo de verismo de unos innovadores planos cenitales al más puro estilo de la Nouvelle Vague. Porque podríamos calificar sin miedo a equivocarnos a La ciudad desnuda como la película fundacional de la corriente francesa, ya que ciertos planos de Los cuatrocientos golpes, París nos pertenece o Al final de la escapada son rotundos calcos de las secuencias fotografiadas doce años antes por Jules Dassin.

La inquietud de Dassin por retratar de forma fidedigna la vida de Nueva York queda confirmada por el hecho de homenajear al mítico fotógrafo Arthur Fellig al titular su obra del mismo modo que el libro de fotografía publicado por el reportero gráfico neoyorquino en el cual daba fiel testamento con fotografías de un realismo hipnótico del espíritu incrustado en el alma de la Gran Manzana.

Por si no fueran estos suficientes argumentos para hacer atractivo el film, argumentalmente Dassin tapizó su monumento a Nueva York con una trama de puro cine negro clásico, a través de la típica historia en la que un solitario y veterano policía (Barry Fitzgerald) colaborará con un novato e imberbe compañero (Don Taylor) que acaba de aterrizar en la comisaría y en la ciudad con su mujer e hijo con el objeto de resolver un enrevesado caso de asesinato cometido por un desconocido homicida (al cual el veterano Fitzgerald califica con el divertido nombre de McGillicuddy) contra una joven maniquí llamada Jean Dexter. Dexter representa la figura de la ilusionada emigrante aterrizada a la gran ciudad para vivir su particular sueño americano y que termina engullida por la decepción y los depredadores que habitan la gran capital.

La ciudad desnuda

Dassin recontruye con la precisión de un cirujano haciendo gala de un talento documental que podríamos emparentar con las obras de Henry Hathaway La casa de la calle 92 o Yo creo en ti, todo el protocolo que conlleva la investigación policial desde los primeros interrogatorios a los testigos que hallaron el cadáver, pasando por la búsqueda de pistas, la reconstrucción de los hechos, la identificación e interrogatorio de sospechosos, culminando con la detección y asesinato del culpable. Si bien la cinta deja poco hueco para profundizar en la psicología de los personajes principales, es cierto que esta carencia se cubre con la presencia a lo largo de la enrevesada trama de una galería de personajes y sospechosos que sirven para pintar un intenso collage de las personalidades que moraban los bajos fondos de la ciudad.

La intriga policial mezcla con habilidad una historia de infidelidades, mentiras y robos de joyas protagonizada por maleantes de poca monta con la del asesinato de la joven Dexter, siendo el personaje de la asesinada quizás el mejor perfilado a nivel introspectivo, a pesar de la ausencia física como figurante en el film (únicamente aparecerá en la escena inicial en la que seremos testigos de su homicidio). La ausencia física de la asesinada no es obstáculo para que Dassin retrate escrupulosamente la naturaleza del personaje por medio de la información emanada de los interrogatorios efectuados a sus allegados y conocidos, así como gracias a la maravillosa escena en la cual el personaje de Fitzgerald se reúne y charla al finalizar el día con los padres de la fallecida con el puente de Brooklyn como majestuoso y silencioso espectador (escena que por su potencia documental recuerda mucho al Manhattande Woody Allen).

A diferencia de las películas puramente noir de los cuarenta, la violencia descrita en La ciudad desnuda por Dassin carece de elementos explícitos, siendo ésta un elemento el cual se percibe más que se muestra. De hecho, no es hasta los últimos quince minutos de la película cuando la historia tuerce la línea argumental documental hacia el «hard-boiled» extremo, poniendo Dassin de este modo la guinda a su pastel gracias a una potente escena de una poderosa violencia visual en la cual tras el descubrimiento del asesino y su posterior intento de fuga, los policías cazarán al delincuente en su huída en un absorbente tiroteo emplazado en un majestuoso puente de hierro. Es fácil atisbar en el final del film la influencia de La ciudad desnuda en películas de la talla de French Connection, Al rojo vivo o The man who cheated himself.

La ciudad desnuda

La película dio lugar unos años después al nacimiento de Naked city, una de las mejores series detectivescas de la historia de la televisión americana, cuyas trincheras sirvieron de hogar a nombres como Stuart Rosenberg, John Brahm o Arthur Hiller y que fue claro germen de la legendaria serie setentera Las calles de San Francisco. Por tanto, La ciudad desnuda es una película imprescindible para todo amante del género noir que marcó un antes y un después que cambiaría la forma de rodar cine en los EE UU. A los fans del noir les supondrá un auténtico deleite vislumbrar esta pieza de museo del cine americano ya que seguramente les vendrá a la memoria innumerables referencias de films posteriores. Así, sin La ciudad desnuda obras como Side Street, Pánico en las callesContrabando, Blast of silence o Brigada 21 hubieran deparado unos resultados radicalmente distintos a las conocemos hoy en día.


LA CIUDAD DESNUDA es uno de los títulos más relevantes del cine negro,pues representó una auténtica revolución en el modo de rodar. Por primera vez en la historia del cine se filmaba una película casi por completo en escenarios naturales, huyendo de la artificiosidad de los decorados, que sólo fueron empleados en contadas ocasiones. Henry Hathaway ya había rodado buena parte de LA CASA DE LA CALLE 92 (HOUSE ON 92dn STREET, 1945), 13 RUE MADELINE (Ídem, 1946) y YO CREO EN TI (CALL NORTHSIDE 777,1 948) a pie de calle, pero eso obedeció más a sus intereses de renovación estética que a otra cosa. Hathaway en ningún momento pretendió filmar la realidad cotidiana de las urbes americanas, sino tan sólo conferir algo más de realismo a las historias que ponía en pantalla. Dassin, por el contrario, quería realizar un film realmente innovador, enfatizando aún más la crítica social característica de todo film noir que se precie. Con la excusa de la resolución del homicidio de Jean Baxter, Dassin aspiraba a rodar una película sobre los contrastes sociales de la Gran Manzana, ofreciendo una mirada crítica de los mismos. Ante las reticencias de la Universal, que temía que la cinta contuviese algún tipo de propaganda izquierdista, ya que uno de sus guionistas era Albert Maltz, Julesse encomendó al productor, Mark Hellinger, para que éste defendiera el film frente a los poderosos Estudios. Por desgracia Hellinger murió repentinamente, y Dassin tuvo que ver cómo su obra era montada de nuevo, con abundantes cortes que contribuyeron no poco a desnaturalizarla. A pesar de ello, LA CIUDAD DESNUDA sigue siendo un film extraordinario y muy influyente, gracias a su novedoso enfoque y a su concepción neorrealista. Cabe preguntarse qué cotas de perfección habría alcanzado, si se hubiesen respetado el aliento crítico y la postura ideológica del montaje original de Dassin. En todo caso, LA CIUDAD DESNUDA es un excelente ejemplo de cómo tomar el pulso cinematográfico a una ciudad y su entorno, al tiempo que se presenta una magnífica historia de ficción. Dassin documenta a la vez el trabajo policial y la vida diaria de Nueva York, mostrándonos la realidad de las zonas de la ciudad por las que se mueven los policías, y ofreciéndonos un retrato del amplio abanico de personajes reales que pueblan la urbe. Por otra parte, LA CIUDAD DESNUDA se diferencia de otros films negros por su realista forma de presentar a los policías, en todo momento descritos como personas normales y corrientes, muy alejados del estereotipo heroico común a otras producciones.

Es de resaltar la estupenda fotografía en blanco y negro de Daniels, fotógrafo predilecto de Greta Garbo, que utilizó cámaras portátiles ligeras para rodar en la calle, y recurrió con frecuencia al empleo de objetivos de gran angular, con el fin de registrar el máximo detalle en las secuencias callejeras.

La película fue inspirada por el trabajo del fotógrafo Arthur H. Fellig, alias Weegee, famoso por sus instantáneas de escenas de crímenes cometidos en Nueva York, lugares a los que llegaba a menudo antes que la mismísima policía. Weegee también realizó, a lo largo de su carrera, miles de fotos de la ciudad, las mejores de ellas publicadas en un libro que se tituló, precisamente, The Naked City. La colección de fotografías reunidas en la obra buscaba conformar una visión realista de Nueva York y poner de manifiesto la esencia de la inmensa urbe. La influencia del trabajo de Weegee en LA CIUDAD DESNUDA se evidencia no sólo en el título del film, sino en la composición de los encuadres, que remiten a numerosas instantáneas de tan singular fotógrafo. Weegee, todo un personaje en su época, revolucionó el fotoperiodismo. Su vida y milagros fueron llevados a la pantalla, de forma un tanto libre, en la estimable EL OJO PÚBLICO (THE PUBLIC EYE, Howard Franklin, 1992), donde Joe Pescirealizó la que no dudo en calificar como una interpretación modélica.

Los créditos iniciales desaparecen, y en su lugar escuchamos la voz en off del narrador, que no es otro que Mark Hellinger, que nos explica quiénes y por qué han hecho esta película. Este comienzo marca el carácter innovador del film, y, en cierto modo, viene a significar la reafirmación de la autoría del mismo por Hellinger, por encima incluso del director. Porque LA CIUDAD DESNUDA debe considerarse el testamento fílmico de un hombre que dedicó su vida al cine.

Hellinger, periodista que trabajó para los rotativos neoyorkinos Daily NewsDaily Mirror, entró en los años 30 en el departamento de escritores de la Warner Bros. Escribió un relato original para el cine, que sería llevado a la pantalla por Raoul Walsh en LOS VIOLENTOS AÑOS VEINTE (THE ROARING TWENTIES, 1939), un éxito que facilitó su ascenso a productor, aunque al principio desarrolló esas funciones con carácter adjunto. Colaboró en otros dos exitosos films de Walsh, LA PASIÓN CIEGA (THE DRIVE BY NIGHT,1940) y EL ÚLTIMO REFUGIO (HIGH SIERRA, 1941), alcanzando el estatus de productor principal a partir de 1942. Hellinger, dotado de un talento y una intuición poco comunes entre los productores de Hollywood, dudaba que ALMA EN SUPLICIO (MILDRED PIERCE, Michael Curtiz, 1945) pudiera funcionar bien, tal y como estaba concebida. Según él, no era más que un melodrama del montón, sin ningún interés, pero podía mejorarse, y sugirió el añadido del asesinato. Los responsables de la Warner le hicieron caso, y la película, reconvertida en un verdadero film noir, devino en un gran éxito que representó para Joan Crawford el Oscar a la mejor actriz. Su última cinta como productor para la Warner fue LAS DOS SEÑORAS CARROLL (THE TWO Mrs. CARROLLS, Peter Godfrey, 1945).

Decidido a producir un cine negro de gran calidad, definido por el progresismo ideológico, Hellinger creó su propia empresa, la Mark Hellinger Productions, firmando un contrato de distribución con la Universal. Desgraciadamente, su etapa como productor independiente sólo duraría un par de años, pues falleció el 31 de diciembre de 1947, pocos meses antes del estreno de LA CIUDAD DESNUDA. Pero en esos dos años Hellinger produciría tres de los títulos más emblemáticos del cine negro, una trilogía que le aseguraría un puesto de honor entre las figuras más destacadas de ese movimiento cinematográfico irrepetible: FORAJIDOS (THE KILLERS, Robert Siodmak,1946), FUERZA BRUTA (BRUTE FORCE, Jules Dassin, 1947) y la película que nos ocupa. La influencia de Hellinger se prolongó más allá de su muerte, pues en el momento de fallecer ya tenía muy avanzada la producción de EL ABRAZO DE LA MUERTE (CRISS CROSS, Robert Siodmak, 1949), que la Universal cuidó de que fuese rodado casi casi como él había previsto. Otros dos proyectos de Hellinger, retomados por otros profesionales, fueron ACTO DE VIOLENCIA (ACT OF VIOLENCE, Fred Zinnemann ) y LLAMAD A CUALQUIER PUERTA (KNOCK ON ANY DOOR, Nicholas Ray ), ambas de 1949. La repentina muerte de Hellinger, cuando contaba tan sólo 44 años de edad, impidió que el ominoso Comité de Actividades Antiamericanas se cebase en su persona, aunque las películas que produjo sí que fueron examinadas con lupa. Pero, en cierta manera, Hellinger logró imponerse sobre los analfabetos inquisidores maccarthystas incluso después de muerto. Humphrey Bogart entró a formar parte de la Mark Hellinger Productions en 1947, y cuando Hellinger falleció se las arregló para reconvertir la empresa en su productora independiente, Santana, nombre de su barco, que se utilizó en el rodaje de CAYO LARGO (KEY LARGO, John Huston, 1948). La pequeña productora de Boggie logró mantener durante algún tiempo el espíritu crítico de esa figura señera del mejor noir que fue Mark Hellinger, un hombre que se ganó a pulso la veneración de varias generaciones de cinéfilos.

En cuanto a LA CIUDAD DESNUDA, y aunque en última instancia Jules Dassin renegara de ella, conserva mucho del carácter que su director quería imprimirle. Se convirtió de inmediato en una cinta de referencia no sólo en Estados Unidos, sino también en Europa, y sus innegables valores fueron reconocidos sobre todo por los neorrealistas italianos, que tomaron buena nota de sus hallazgos estéticos. Es indudable que los tijeretazos y el montaje impuestos por la Universal le han restado calado crítico, pero resulta una cinta más que llamativa por su inventiva visual, un film fresco y audaz a un tiempo, que apenas muestra desequilibrios entre sus vertientes ficticia y documental.

Por otra parte, la notable influencia que mencionaba antes puede rastrearse en títulos como BULLITT (Ídem, Peter Yates, 1967), FRENCH CONNECTION(Ídem, William Friedkin, 1970), HARRY EL SUCIO (DIRTY HARRY, Don Siegel, 1972) o LOS NUEVOS CENTURIONES (THE NEW CENTURIONS,Richard Fleischer, 1973), todas ellas películas muy diferentes entre sí, pero deudoras del esquema visual de LA CIUDAD DESNUDA, convenientemente remozado y puesto al día por sus directores.

Sin duda una de las cintas capitales del noir, LA CIUDAD DESNUDA,preservada para la posteridad en la Biblioteca del Congreso de los Estados unidos, es una auténtica e irrepetible joya del Séptimo Arte. Una película para paladear lentamente, como si de un buen vino se tratase. El mejor film de ese maestro que fue Jules Dassin.

© Antonio Quintana Carrandi,  (1.586 palabras) 

Después de la Segunda Guerra Mundial, cuando la corriente dominante de Hollywood absorbía las técnicas del documental y las lecciones del neorrealismo italiano, y los productores seguían empleando alegremente a cineastas de izquierda, The Naked City (La Ciudad Desnuda, 1948) se identifica invariablemente como un clásico. Pero además, un clásico que sobrevive a las décadas como piedra de toque de los procedimientos policíacos y como documental, al mismo tiempo, de Nueva York, la ciudad que nunca duerme. Ejemplar también, cinematográficamente hablando, pues se trata de una película excelente a partir de una historia raquítica: el filosófico teniente irlandés Dan Muldoon (impagable Barry Fitzgerald, que, para muchos cinéfilos, es el inolvidable casamentero borrachín de El Hombre Tranquilo) y el joven Jimmy Halloran (Don Taylor) investigan la muerte de una muchacha, lo que, en principio, no parece alentar mucho escrutinio. La película, empero, termina por impulsarse gracias a la visión que de la ciudad tienen el director Jules Dassin y el productor y narrador Mark Hellinger-, como comunidad intrincada.

Con elementos de Jimmy Breslin, Roberto Rossellini y Jane Jacobs, esta concepción estilística y temática atraviesa las deficiencias de la historia y, aunque la película refleje el sentimiento desapasionado de Dassin por la vida cotidiana neoyorquina y la convicción de Maltz de que la corrupción llega desde las clases altas, la crítica social es bastante suave. La película fue rodada casi en su totalidad en las calles de Nueva York y toma su título de una colección de fotografías sensacionalistas de escenas del crimen y la vida en la calle, a cargo del reportero Arthur H. Fellig, que firmó su obra con el sobrenombre de Weegee. Desde el momento en que adopta la manera expresionista y la psicopatología vanguardista del cine negro al que se han asociado Dassin y Hellinger, la película deviene un peculiar híbrido en el que todo lo anterior incluye la inspiración en el documental, ya clásico, Berlín: sinfonía de una gran ciudad (Berlin: Die Sinfonie der Großstadt), dirigida en 1927 por Walter Ruttmann.

El héroe del film de Dassin es Nueva York, encapsulado para siempre durante el caluroso verano de 1947. Sus ciudadanos son el elenco desconocido que sustenta sus columnas. En la película -que asume técnicas de serial radiofónico (diálogo expositivo, narración intensa, conversaciones callejeras irreales y efectos de sonido) y agrega estructuras repetitivas, un meticuloso trabajo de campo y numerosos grupos de personas- se renuncia deliberadamente a enmarcar dramáticamente las escenas y lo que hace Hellinger es proporcionar un comentario conocedor, íntimo y folclórico, sobre la acción que domestica la narración y socava deliberadamente el suspense, aunque éste no desaparezca nunca. En un principio, Muldoon interroga al novio y principal sospechoso, Frank Niles (Howard Duff), y a sus socios, pero no puede conseguir pruebas que los involucren. Así que Halloran y algunos otros detectives siguen a Niles y detectan así un reguero de pistas en Manhattan, descubriendo una red criminal que conducirá finalmente al asesino y al cierre del relato.

La televisión puede ser su legado, pero el poder visual de The Naked City proviene de sus estilizadas tomas documentales y la fotografía de William H. Daniels. La acción se enmarca, a través del montaje entre escenas y la irónica, por momentos, narración de Hellinger, en el curso del ciclo perpetuo de la ciudad: el ajetreo de la mañana, el fervor de la noche y su libertinaje, y finalmente, la luz de la mañana. Dassin se detiene en los cortes y establece sabias tomas de esa bulliciosa metrópolis de posguerra. Siguiendo pistas y buscando sospechosos, Halloran viaja desde su hogar en Astoria a una tienda de refrescos del Lower East Side, al salón de belleza Midtown o al gimnasio de lucha de Brooklyn.

La descripción general que se lleva a cabo de los policías como componentes anónimos e intercambiables, pero integrales, de la infraestructura de la ciudad, obedece a esa tendencia estabilizadora de la Norteamérica posterior a la Segunda Guerra Mundial. No por nada, la naturaleza peatonal de la labor policial parece reforzar su propia normalidad y la descripción de la faena -poco romántica, pero esencial- que en esta película se hace, rinde homenaje a los deberes repetidamente ingratos del esforzado trabajador medio. La ciudad es un organismo complejo en el que todos juegan un papel fundamental. Oímos cómo el narrador dice: «Hay pulso en una ciudad y nunca deja de latir». El crimen también es una parte normal del día a día. Sobre la toma de un cadáver flotando en el puerto, el narrador comenta: «Pura rutina, la morgue se encargará de esto». El criminal tiene su rol, tan especializado y anónimo como cualquier otro. Cuando es perseguido por la policía, el asesino Willie Garzah (espléndido Ted de Corsia) grita: «Esta es una gran y hermosa ciudad. Cogedme si podéis».

La principal fuerza creativa detrás de este enfoque parece haber sido el propio Hellinger, un ex columnista de periódico y productor de películas de serie B. Él es quien permite al espectador ver la historia como un voyeur callejero, animado por la voz en off omnisciente que estimula a los personajes y las multitudes. Hellinger lee los créditos, alentando aún más el efecto de distanciamiento, y nos anuncia que va a contar una historia entre muchas. Pero hoy, en pleno siglo XXI, somos también voyeurs históricos. La visión de la ciudad está muy lejos de la gris industrialización industrial actual. 1948 es prácticamente el último año de existencia de una vida social activa en las calles norteamericanas. El narrador dice: «Esta es la ciudad tal como es», y sin embargo sabemos que, lo que entonces se consideraba una representación gráfica de la vida en la calle, ahora se ve como un himno cariñoso a una comunidad ordenada y vibrante. Algo que ya no existe.

Éste es el ejemplo de cómo una historia puede volverse insignificante en comparación con el alcance de la ciudad en la que tiene lugar. La ciudad en sí misma es el personaje más interesante de esta película, con personalidad y significación. Así, The Naked City marca el primer intento fílmico de describir un entorno como si fuera un ser vivo, lo más cerca posible sin antropomorfizarlo. Pensemos en el trato que dieron a París escritores como Baudelaire y Louis Aragon. Pensemos en Walter Benjamin y su imprescindible Das Passagen-Werk (Libro de los Pasajes, 1927-40)[1]. La ciudad, como ser vivo, demanda amor y odio, revela toda la belleza y el terror de los que la humanidad es capaz en unos pocos kilómetros.

Esta obra maestra, un hito cinematográfico singular, casi diríase un documental interpretado por el New York Post, un work-in-progress con viñetas, uniforme tropo que desciende de la filosofía de los tabloides: «Hay ocho millones de historias en la Ciudad Desnuda. Ésta ha sido una de ellas».

Otra jornada ha terminado.