Merodeador, El

Título en castellano El merodeador
Titulo original The prowler
Año de filmación 1951
Duración 92 minutos
Pais Estados Unidos
Director Joseph Losey
Guion Hugo Butler, Dalton Trumbo (Historia: Robert Thoeren, Hans Wilhelm)
Música Lyn Murray
Dirección de fotografia Arthur C. Miller (B&N)
Reparto
Productora Horizon Pictures
Sinopsis Un policía descontento con su trabajo, que culpa a los demás de sus problemas en el departamento, es designado para investigar el caso de un merodeador que ronda la casa de una mujer casada espiándola por la ventana del cuarto de baño. El policía se obsesiona por la mujer e imagina que si el marido muriera violentamente, el merodeador cargaría con las culpas.
Premios  
Subgénero/Temática  Crimen, Policiaca,Thriller psicológico

tomado de filmaffinity

En anteriores ocasiones ya he manifestado mi aprecio por la obra cinematográfica de Joseph Losey, realizador al que principalmente conocía por sus grandes filmes europeos como “El Sirviente” o “The Go-Between”. Sólo recientemente he tenido la oportunidad de conocer algunas de sus primeras películas, realizadas en EE UU antes de su marcha, motivada por su inclusión en la lista negra. Ésta es una de ellas, y francamente resulta una película notable que, encuadrada dentro del género negro, contiene sin embargo una ácida crítica a la moral y a las ambiciones frustradas que encierra -desde esta perspectiva- el sueño americano.

Tal argumento se debe sobre todo a la labor del guionista, Dalton Trumbo, que hizo uso de su amigo Butler como “tapadera”, expresando en el filme ideas acerca de la sociedad americana que ya había apuntado en el guión de la excelente “Gun Crazy” y que reafirmará en el de la posterior “He Ran all the Way”. Así, los protagonistas comparten la circunstancia de haber visto frustrados sus sueños de juventud, quedando “encerradas” sus vidas en la insatisfacción, ya sea por un matrimonio infeliz o por un trabajo aborrecido. El personaje de Van Heflin, Web, encarna toda la ambición y frustración del individualista que creyéndose destinado al triunfo ha visto sus esperanzas truncadas; cuando trabe conocimiento con la también frustrada Susan (de quien admira lo que tiene, no lo que es) verá por fin la posibilidad de construir un nuevo camino al éxito, camino en el que la moral debe ser apartada a un lado, cueste lo que cueste.

Aunque en algunos momentos las situaciones resulten un tanto forzadas, sirven en todo caso para transmitir la idea fuerza antes referida, que presenta a individuos obsesionados con lo que ellos entienden que debe ser el éxito o el reconocimiento social en la sociedad estadounidense; la persecución de ese sueño lo justifica todo, desde el engaño al crimen, pues es el empeño personal, la decisión de no detenerse ante nada, la que asegura su consecución (como bien apunta Web en un diálogo ya casi al final, en el que se justifica poniendo el ejemplo de los abogados y otros profesionales, cuya falta de moral comparte). Precisamente la carga subversiva del filme estriba en que Web no es ningún psicópata -discrepo aquí amablemente de mi predecesor- sino una versión corrompida del emprendedor americano.

Eficazmente rodada, con una acertada elección de exteriores en el tramo final (excelente la ambientación en la desolada ciudad de Calico) y unas interpretaciones notables de la pareja protagonista, la película parece advertirnos que quien merodea en torno al sueño americano, suele acabar despertando en la peor de las pesadillas.


Hay mucha, muchísima gente, que está en la profesión equivocada, pero sigue allí porque “no tengo otra cosa que hacer”, “el empleo está muy escaso”, “ya me acostumbré a esto”… y otra variedad de excusas que, en definitiva, se resumen en una sola: ¡No tengo coraje para definir que es lo que me gusta y decidir hacerlo!

Además de inestabilidad, salarios misérrimos y condiciones laborales insatisfactorias, aquella es una de las principales razones por la que cada sociedad padece una enorme línea de profesionales incompetentes y apáticos, empleados negligentes y sin entusiasmo, y burócratas entre deshonestos, irresponsables y medio-sádicos.

Webb Garwood tampoco está conforme con su labor como policía, labor que asume tras ver frustradas sus aspiraciones como deportista… así que, cuando una atractiva coterránea se pone a su alcance, se entera de que no está casada precisamente por amor, y además sabe que cuenta con un significativo testamento a su favor, al policía le regresan sus aspiraciones de tener un motel propio y ser independiente… y entonces, va a hacer uso de todo su ingenio para que su sueño se haga realidad.

Este es el comienzo de una impactante historia de amor y otras conveniencias, que, el director Joseph Losey, ha realizado con los mejores patrones del cine de calidad. Sus personajes centrales Webb Garwood (un eficasísimo Van Heflin, en un rol desacostumbrado) y Susan Gilvray (Evelyn Keyes, con algo de biográfico en este cuento), están tan bien caracterizados que, con frecuencia, les basta un simple gesto o una mirada para que consigamos adivinar las percepciones e ideas que pasan por sus mentes. Esa óptima interiorización, hace factible que nos compenetremos muy hondo y nos mantengamos todo el tiempo alerta, logrando el filme envolvernos por completo, pues casi sentimos que respiramos sus emociones y que es a nosotros mismos a quienes suceden los hechos.

Un eficiente guión de Dalton Trumbo -firmado esta vez por el testaferro Hugo Butler para evitar la represión de un Estado en el más decadente de sus ejercicios: ¡Perseguir al Arte más excelso!- sirve de base a esta película, capaz de mostrar a los seres humanos en marcadas situaciones de decadencia moral, pero caracterizados de tal manera que logra nuestra comprensión, nos sensibilizamos con ellos, y como suele ocurrir en las obras de Trumbo, deploramos sin duda tal comportamiento, pero no conseguimos que nuestro corazón alimente la más mínima condena. A esto le llamamos Entendimiento… una razón tan poderosa que, de inmediato, desvanece toda intención de juicio.

Una vez más -ejercicio de Trumbo, ya recreado en otros términos en “The boss” y en “Lonely are the brave” y acogido a plenitud por el gran Joseph Losey- luce impecable la metáfora del hombre que lucha por alcanzar la cima… con sus equilibradas consecuencias.

Termino con uno de esos suspicaces diálogos que me hicieron reír:

Bud, el veterano policía, escucha a Susan quien describe lo sucedido cuando viera a un hombre merodeando por su casa:
-Pensé que si tomaba un baño me sentiría mejor –dice ella- y cuando me estaba poniendo el albornoz… ¡él estaba ahí, mirándome!
A lo que el policía comenta:
-Es mejor que cierre las ventanas. En los bancos no dejan el dinero a la vista, así evitan las tentaciones. 

Título para Latinoamérica: “EL CÓMPLICE DE LAS SOMBRAS”


tomado de conelcineenlostalones

La verdad es que 61 años (los que van desde 1951, fecha en que se estrenó El merodeador, hasta nuestros días) son demasiados. El hecho de que esta película fuese uno de los detonantes para que Joseph Losey acabase buscándose la vida lejos de los EEUU nos parece hoy algo impensable. Pero así estaban las cosas en aquellos tiempos donde se cazaban brujas que en lugar de escoba llevaban cámaras de rodaje u otras herramientas cinematográficas.

Porque, veamos, cualquier película USA de hoy en día deja de chupa de dómine a unas históricamente sacrosantas instituciones norteamericanas que se salvaguardaban mediante tribunales inquisidores, donde el senador MacCarthy interpretaba el rol de Torquemada, y que no se si, tales tribunales, eran gallegos o creían en bruixas pero las encontraban por todos lados.

The Prowler se soporta sobre dos pilares básicos: Por un lado sobre la fragilidad de un sueño americano que parece otorgar oportunidades para todos, craso error, y por otro, sobre una inestabilidad síquica de su protagonista principal. No puede decirse que estemos ante un psicópata absoluto pero es innegable que el ascenso social por la vía de los revólveres denota cierta condición enfermiza.

Debo dar las gracias a muchos amigos blogueros que me recomendaron este film, máxime después de mi rotundo fiasco con Modesty Blaise. Y es que Losey tiene buenos trabajos, pero el orégano se entreteje más de lo recomendable con las malas hierbas. Este film es orégano puro, y la presencia de otro “brujo excomulgado” como el excelente guionista Dalton Trumbo aporta mucha consistencia a una historia de seres solitarios y frustrados, hartos de sueños destrozados, que hacen del amor un medio y no un fin. En este sentido son muy significativas las palabras dichas por Losey y que quedan perfectamente recogidas en el excelente blog amigo Las cosas que hemos visto:

Para mí, The prowler siempre fue una película sobre los valores falsos, sobre los medios que justifican el fin y el fin que justifica los medios: “cien mil dólares, un Cadillac y una rubia” era el no va más de la vida americana de la época y poco importaba cómo se obtuvieran, quitándole la chica a otro hombre, robando o cobrando el precio de la corrupción. (Joseph Losey a Michel Ciment en Le livre de Losey, 1979)

Hay una frase en el film absolutamente ilustrativa, máxime dicha por un representante de la ley y el orden, presunto guardián de los valores establecidos: 

No soy bueno,pero no soy peor que los demás. Trabajas en una tienda, robas, Si eres el jefe, no declaras impuestos, millonario, compras votos, abogado, aceptas sobornos… Yo era policía: Utilicé la pistola.

Una breve sinopsis acabará poniéndoles en situación: Webb Garwood (Van Heflin) es un agente  que aspira a vivir por encima de sus medios y que se muestra envidioso de quienes parecen haber sido favorecidos por la cara amable de la fortuna. Por un aviso dado a la policía acerca de un presunto merodeador, tiene ocasión de conocer a Susan (Evelyn Keyes) esposa de un conocido locutor que conduce cada noche un programa radiofónico. Las carencias y frustraciones amorosas de ella, evidentes desde el principio del film, son ascuas encendidas para que sople el huracán Weff. El estallido es inevitable y las consecuencias imprevisibles.

Buen trabajo de Heflin, un actor más usual en papeles de seres más o menos atormentados pero con principios. Quizás también el mejor trabajo de una Evelyn Keyes quien, por si no se dieron cuenta, inspiró las facciones – Disney de Campanita

Una muy buena opción para quien no conozca el film.

Puntuación: 8,25


tomado de thecinema

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¡Cuantos vaivenes se ha producido en la cotización cinematográfica de Joseph Losey! Pocos cineastas han sufrido más altibajos, sin tener que coincidir necesariamente con los manifestados por una obra desigual –creo que se trata de algo admitido por todos-, quizá en su momento –los años sesenta- entronizada con demasiada facilidad a tenor de lo que de ella se conocía –y estrenaba-, y a la que una prematura decadencia –unido a la crisis de los motivos ideológicos que entronizaron su figura-, propiciaron que su nombre discurriera con tanta rapidez al olvido como efímera fue su fama. Y quizá fuera tan injusta como la otra, puesto que si hemos de reconocer de nuevo esa irregularidad –tan comprensible, por otra parte, con cualquier hombre de cine-, no es menos cierto que en la figura del cineasta de Wisconsin se da cita un título magistral –bajo mi punto de vista- como THE SERVANT (El sirviente, 1963) y al menos una docena de títulos llenos de brillantez, entre los cuales se aúna una andadura fílmica que todavía no ha sido analizada en su debida perspectiva –en España esta laguna ha sido cubierta por el buen amigo Ximo Vallet con su estupendo y reciente libro monográfico-. Y dicho análisis ha de partir con ese debut que desconcertó a no pocos –THE BOY WITH GREEN HAIR (El muchacho de los cabellos verdes, 1947)- en la medida que fue valorado y con posterioridad desechado por su planteamiento ideológico, aunque si en mi opinión reviste un interés claro es precisamente por la sensibilidad que muestra a la hora de narrar la historia de una amistad –saber expresar en la pantalla conflictos y sentimientos de personajes creíbles-, iniciando un periodo en su Norteamérica natal, que si bien se introdujo en algunos casos dentro de una senda periclitada a nivel fílmico –la mediocre THE LAWLESS(1950)-, muy pronto fructificó en exponentes que avalaban una sensibilidad fílmica que aunaba contenidos y formas. Prueba de ello lo expone THE PROWLER (El merodeador, 1951), considerada por no pocos como la mejor de sus obras realizadas bajo suelo norteamericano. No me atrevería a realizar una afirmación tan categórica, en la medida que tengo pendiente acceder a su controvertida M (1951) –una propuesta polémica, que hasta hace poco tiempo era imposible rebatir, en la medida que la nueva versión del film langiano prácticamente no se podía contemplar-, pero cierto es que nos encontramos ante una propuesta madura, integrada en ese concepto de cine comprometido en una senda ideológica progresista, escorada a un terreno de la serie B, y al mismo tiempo revelando con el paso del tiempo una innegable solidez fílmica. En el título que nos ocupa, no cabe duda que Losey ya articula uno de los personajes que, en el posterior discurrir de su obra, se irá perfeccionando y tendrá expresiones más acabadas. Será el germen de sus posteriores protagonistas arribistas y desclasados, a partir de cuyas acciones y maquinaciones pretenderán subvertir la división establecida en los contextos sociales que emanen de sus ficciones.

En esta ocasión, el centro de atracción queda fijado en el perfil del policía Webb Garwood (una de las mejores composiciones de la filmografía de Van Hefflin, sabiendo dotar en todo momento a su personaje de la necesaria ambigüedad). Garwood, de alguna manera, ha trazado el objetivo de su vida en la figura de la aún deseable Evelyn Keyes (Susan Gilvray). Evelyn es la esposa de un locutor radiofónico, disfrutando la pareja de una situación estable y acomodada que de alguna manera nuestro protagonista deseará revertir en su beneficio. Para ello actuará como un merodeador, actuando a continuación en su condición de agente de policía en el domicilio de la asustada esposa. A partir de ese encuentro inicial, Losey articulará un brillante bloque de secuencias, centradas todas ellas en el interior de la residencia de los Keyes. Allí desarrollará una de las primeras muestras que, en su cine, quedará definida por una renovada muestra de drama psicológico. En este largo fragmento –que se extenderá en un tercio de los ochenta minutos de duración del film-, el director mostrará una notable progresión en la capacidad de seducción puesta a punto por el agente de la ley –brillante el detalle en el que descubre la fortuna de setenta mil dólares que el esposo incluye en su testamento para Evelyn-, en torno a esa mujer que vive su rutina diaria escuchando sin cesar las locuciones de su esposo –que llega a grabar en discos de la época, para que este pueda recordarlas con posterioridad-. A través de esa constante manifestación de tediosa cotidianeidad, como si fuera una sinuosa serpiente, Webb logrará atraer hacia así la atención de una Evelyn que en un momento dado se mostrará reacia a intensificar su relación con un hombre que, pese a todo, la ha hecho sentirse viva. Por otra parte, el agente logrará enterarse de las interioridades del matrimonio, conociendo que su esposo era impotente, lo que le facilitará en su tarea manipuladora cara a acercarse a Evelyn y, con ello, alcanzar esa estabilidad social que ha buscado desde que ejerciera por vez primera como merodeador. Lo hará de nuevo, ya con la intención clara de asesinar al esposo de Evelyn –al que solo veremos su rostro en el preciso momento de su muerte-, simulando haber ejercicio la defensa propia al atacar a quien creía era el mismo merodeador que denunciaban en las inmediaciones de la residencia de los Keyes. La acción de nuestro protagonista será llevada a juicio –estando siempre en primer plano la indignación de su viuda, que sabe de la intención asesina de este-, aunque el jurado absuelva a este, considerando que se actuó en defensa propia.

Pese a las reticencias de esta, poco a poco Bill logrará extender ante ella una tela de araña que la lleva a casarse con él, viviendo ambos su luna de miel en el motel que han adquirido con el dinero de la herencia que ella ha recibido, lo que en principio debería suponer el inicio de una estabilidad para ambos, habiendo este abandonado las tareas policiales –y según él, el uso de todo tipo de armas-. Sin embargo, pronto se mostrará la verdadera faz de una relación que se ha fraguado de forma artificial, cuando Evelyn confiese a su ya esposo que se encuentra embarazada de cuatro meses. Lo que en teoría debería ser motivo de alegría, supondrá para el protagonista un nuevo elemento de desazón y, en definitiva, el afloramiento del lado más oscuro de su personalidad. No le importará tanto ser padre, como el hecho de que el bebe pueda provocar la revisión del caso en el que su crimen se encubrió como un hecho accidental, al revelar las relaciones que mantenían los hoy esposos antes de que este falleciera. Ello incluso hará plantear en él la posibilidad de un aborto, aunque finalmente acceda a ser llevada a un pueblo abandonado –una solución ingenua de planteamiento, pero tremendamente efectiva a nivel visual-. Será una especie de fatum, donde intentarán hacer renacer una relación que aparece por completo herida –impecable el detalle de la presencia de la voz en off del anterior esposo de Evelyn, al insertar un disco por error-, hasta que la presencia de una tormenta mientras se avecina el parto de esta, convencerán a Webb a localizar a un viejo doctor en la ciudad, para con ello traer a la luz al pequeño hijo de ambos. Pese a las precauciones de este para no ser reconocido, no podrá evitar que la venida del recién nacido sea el principio del fin de su plan. Un plan este en el que en última instancia tendrá un papel destacado la astucia de su esposa –centrada sobre todo en el deseo de salvar a su bebé-, sirviendo como catarsis para la inmolación de ese policía que un día intentó vislumbrar la manera para despuntar de su confinamiento social. Se trata de un episodio final –todo el capítulo desarrollado en esa ciudad abandonada, iniciado a partir de un intenso fundido en negro- en el que podemos detectar ciertas huellas con ACE IN THE HOLE (El gran carnaval, 1951. Billy Wilder) –estrenada medio año antes que el título que nos ocupa-.

En realidad, THE PROWLER destaca en las formas con las que Losey despliega el trazado de ese drama psicológico ribeteado de matices progresistas, propios no solo de la personalidad que definía ya a su cineasta, sino también por su inserción en el contexto de un tipo de cine que se situaba al margen de la producción de los grandes estudios. Unas propuestas que servían como marco oportuno para expresar en estas pequeñas películas, no solo discursos atractivos que demostraban la inquietud de ese conjunto de intelectuales progresistas insertos en el cine de aquellos años de posguerra sino, sobre todo, la vitalidad narrativa y visual de hombres de cine que exploraban sus capacidades de manera incipiente, irregular, pero en ocasiones llenos de atractivo. Este fue uno de ellos, destacando ese preciso estudio de caracteres –en especial el de esa esposa insatisfecha, incapaz de tomar la iniciativa hasta el momento en que haga realidad sus deseos de maternidad-, y en la capacidad de Losey para transmitir esos sinuosos trazados psicológicos que, con el paso del tiempo, y sobre todo a partir de su llegada a Inglaterra, se convertirían en su principal baza como cineasta.


tomado de solaris

Hay distintos tipos de merodeadores. Están los merodeadores de carácter sexual quienes para admirar el preciado objeto de deseo traspasan, de modo furtivo, cierta línea del espacio íntimo que implica tanto perturbación como infracción. Es el caso del indefinido mirón que se acerca, a la ventana de Susan (Evelyn Keyes), que se desnuda en su cuarto de baño, en la secuencia previa a los créditos de ‘El merodeador’ (1951), de Joseph Losey, con guión de Dalton Trumbo (bajo el seudónimo de Hugo Butler), y la obra predilecta del escritor James Ellroy ( a quien se agradece su apoyo en la restauración de la película). Pero hay otros con otras ambiciones y aspiraciones, u otros objetos de deseo, que alcanzan la dimensión de diseño de vida. Es el caso de uno de los dos policías que acude a la llamada de Susan, Webb (espléndido Van Heflin). Observa aquella casa, a la que escruta, como extensión de su mirada, con el haz de luz de la linterna, y se pregunta cuál es el ángulo. Ese ángulo desde el que comprender cómo aquella mujer ha conseguido esa casa, una casa que representa una posición económica holgada. Su compañero, Bud (John Maxwell), ignorante de lo que se comienza a rumiarse en los engranajes de la mente de Webb, habla de cómo gracias a la geología se descubrieron las ciudades fantasmas. Webb tiene algo de piedra, e ignora qué poco separa esa edificación que sublima con sus luminosos deseos de una ciudad fantasma. Entre fantasmas del deseo vive, y serán su perdición. No sabe que lo que asciende no deja de ser una árida colina de piedra.

Webb es un hombre frustado, alguien que no ha llegad a ser lo que aspiraba. Alguien que no se ha conformado con ser un mero policía. La esposa de Bud capta que es alguien que se siente a digusto con su condición de agente policial por lo que implica de posición social y económica. Es alguien que parecía a destinado a otros logros cuando, en tiempos universitarios, recibió una beca deportiva que él mismo desperdiciaría cuando se enfrentó a la voluntad de su entrenador. Fue la primera de una serie de decisiones erróneas que truncarían su progresión en la vida. Susan y él compartieron juventud en la misma zona, ella fue espectadora de sus lides deportivas. Y ese hecho añade otra conexión con ese sueño o fantasía de otro diseño de vida. Es el recordatorio también de lo que no logró ser. Susan optó por el matrimonio con alguien que no amaba especialmente, con alguien que no le proporcionó siquiera uno de sus anhelos, ser madre. Es un hombre de éxito, un admirado locutor de radio cuya voz (de Dalton Trumbo) acompaña los encuentros de Susan y Webb, como medición de los tiempos de que disponen para estar juntos. El deseo se enturbia con esas representaciones, el tipo de vida que anhela conseguir, el recordatorio de los errores de su pasados. Webb aspira a detentar la posición que ocupa aquel otro que ya soporta Susan para mantener una posición. El merodeador traspasa la línea y manipula las apariencias para que su crimen posea las apariencias de homicidio involuntario como policía en servicio. “No soy bueno, pero no soy peor que los demás. Trabajas en una tienda, robas. Si eres el jefe, no declaras impuestos. Millonario, compras votos. Abogado, aceptas sobornos. Yo era policía, usé mi pistola. Pero todo lo que hice, lo hice por ti. Porque te quiero. Piensa lo que quieras pero tienes que creerme. ¿En qué me diferencio de los demás tipos? Algunos lo hacen por un millón, otros por diez. Yo lo hice por setenta y dos mil. “

La abstracción del trayecto dramático emocional se concentra en contados espacios. Más allá de una breve secuencia en la casa del compañero, Bud, y otra en el restringido espacio propio (en el que resalta la diana de tiro policial con abundantes disparos en la zona del corazón) la acción tiene lugar en dos escenarios, como si fueran anverso y reverso, el hogar de Susan y la cabaña en la ciudad fantasma en un árido espacio pedregoso. Complementarios y reverso, el segundo desnuda la tramoya del primero, como una fisura, como esas aberturas en las desmoronadas paredes. Un espacio en el que pretenden ocultar el signo que pudiera abrir una fisura en las apariencias, el detalle que delate que ambos se conocían antes de lo que habían declarado en el juicio, el embarazo de Susan. Un espacio en el que se confrontan los turbios deseos y los reales afectos, también complementarios en Webb. Un espacio que evidencia la aridez de quien superpuso su codicia de un diseño de vida, y que quizá confundió lo que sentía por Susan con lo que ella representaba. Un falso haz de luz que no dejaba de ser una ilusión fantasma, pero que realizó la infracción como un cuerpo extraño para apropiarse del objeto de un deseo y adueñarse del escenario de fantasía anhelado. Pero no era sino sólo una colina de arena pedregosa que él mismo había creado.  Y la película íntegra: